13 septiembre, 2017

El plástico de tu perfume



Cuando la novela se descargue del todo
estaré subiendo la escalera
envuelta en la nostalgia de tu perfume
volveré a caer
otra vez
Lisandro Aristimuño, El plástico de tu perfume

1.
Estoy cambiando de ropa al maniquí con el que duermo. Han llegado el frío y la ceguera. Debería escribir. Debería saber qué hacer. Sin embargo, solamente pongo la lavadora, compruebo el estado del mercado inmobiliario, vuelvo a pasar por el tamiz algún recuerdo, despacio, hasta que quede fino, suave, hasta que pierda el almidón o el alma y adquiera la suave consistencia de un poema. Que no me haga llorar.


2.
Estoy pensando cambiar de nombre. Los más bonitos son los italianos, si es que algo así se puede decir con esta intención de frivolidad. Llamarme algo tan improbable como Gilda Sanguedolce, fumar en boquilla, tener un jardín del siglo XIX y beber margaritas mientras río estruendosamente. No lo descarto.


3.
No olvido aquel momento. ¿Puede un momento feliz perseguirte hasta la muerte?


4.
¿Por qué no habrá más Gildas? Últimamente sólo inscribo Mafaldas y Amélies.

1 comentario:

El Santo dijo...

No te cambies nunca de nombre, porque el nombre es la esencia de las cosas. Cuando nos hemos deshojado del todo, lo único que conservamos es un nombre desnudo. Pero ¡adelante! Hazte con una boquilla kilométrica, sueña jardines italianos y entrégate a todas las veleidades modernistas que te apetezca. Cuando el cisne de dudoso plumaje se haya quedado sin plumas, te quedará siempre tu nombre, con una K refulgente y nítida. Y volverán las primaveras, porque el hielo siempre se termina derritiendo.

Un beso,

El Santo.