02 agosto, 2017

Un ratito de gloria


Mi vida antes estaba llena de momentos maravillosos. Se producían casi en cualquier situación, y por cada enorme decepción que me producía lo cotidiano había una foto mental que me salvaba. Al parecer esos estados de gracia se producen por el mismo motivo que mis desesperaciones varias: porque todo me lo tomo - o me lo tomaba - a la tremenda. Exactamente como todos te dicen que no debes tomarte las cosas. Claro que esos todos suelen tener una vida bastante aburrida, quizá como la existencia que tengo yo ahora.




Últimamente mis ratitos de gloria se producen exclusivamente cuando estoy dormida. No sé si me acuerdo de ellos o directamente me los invento. El último fue anteanoche. Estoy obsesionada por tener bañera, por cierto. Cada vez que alguien me habla de reformar su casa y unir cocina y salón o desguazar la bañera me pongo enferma. Eso es porque no viven en este apartamento.

Mi obsesión con las bañeras llega a tal punto que cuando sueño algo y me acuerdo, siempre hay un componente acuático. Con burbujas y volutas de vapor. Sin embargo, esta vez no fue así. Me vi de pronto dejando que un gatito me enredara el pelo, caminaba por una callejuela oscura y de pronto aparecía la Fontana di Trevi. Y yo, vestida de negro, dejaba el gatito sobre los adoquines y avanzaba a trompicones: ni siquiera sé si acerté a quitarme los tacones. Lo siguiente que recuerdo eran mis gritos...

- Marcello! Come here!

Pero no había Marcello. Bueno, sí que lo había, pero no se llamaba así, y por lo tanto, no se dio por aludido. Atravesó la plazoleta como si mis gritos no fueran con él. Quizá hasta le di miedo. Y eso que en mi sueño era pechugona y todo. Como la Ekberg.

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