06 marzo, 2016

Echo de menos las catástrofes



En mi puesto de trabajo anterior empleábamos un lenguaje que, ahora que ya no estoy allí, me he dado cuenta de que es altamente perjudicial para los oídos de quien trabaje de cualquier otra cosa. Entré miles de veces al despacho diciendo aquello de me encanta el olor a catástrofe por la mañana. Lo sé, lo sé. Como diría Lady K, eso, mal contado... tenía mucho peligro. Y además eso me lleva a una cuestión importante, estilo huevo y gallina, sobre mi personalidad. Muy adecuada para darle vueltas a un domingo por la tarde. Esa pregunta que me hace todo el mundo: Kika, ¿por qué te gustan tanto las películas de catástrofes?

Digo que es un tema de huevo y gallina porque no sé si me dediqué a lo que me dedico porque me gustaban las películas de incendios, terremotos y desastres varios o si primero fueron las pelis y después la afición laboral. Y no lo sé. Pero la afición - que no sé si es causa o efecto - me viene de muy lejos. Cuando era pequeña, pasaba muchos veranos con mis abuelos en la sierra, y mi abuela amaba sus rutinas casi tanto como despreciaba las mías. El día de la marmota veraniego: paseo-desayuno-juego-piscina-aperitivo-comida-culebrón o siesta-juego-merienda-baño-cena siempre terminaba con una película. Hay que situarse en otros tiempos - ya vamos teniendo una edad - en los que no había televisiones privadas y en los que aún se programaban películas de esas antiguas. De ahí viene mi afición a las filmes en blanco y negro, a las grandes superproducciones de Hollywood y al género setentero de catástrofes. Una tiene sus cosas. Además, existía la tendencia a programar por ciclos o por afinidades, por lo que igual durante un mes te tragabas la filmografía de Alfred Hitchcock y el siguiente tocaba ver, por enésima vez, la tetralogía sagrada del cine catastrófico: Aeropuerto, El Coloso en Llamas, La Aventura del Poseidón y Terremoto.

Yo, que de toda la vida he llorado hasta con la música del telediario, aprendí mucho de esas películas. Lo primero, que la vida es una cosa en la que todo va bien hasta que se tuerce de mala manera. Y puede torcerse mucho. Lo segundo, que no se le puede coger cariño a ningún personaje, porque hasta el más valiente o el más estupendo puede estirar la pata en cualquier momento. Y lo último, cuestión que se revelaría crucial en mi futuro laboral, que ante el desastre (iba a escribir ante la adversidad pero adversidad es Escarlata O'Hara diciendo que no volverá a pasar hambre, y una catástrofe es otra cosa) el ser humano es capaz de lo mejor y también de lo peor, y que ambas actitudes, junto con la parálisis y la pasividad, que también se dan en estos casos, son normales y totalmente comprensibles.

Mi adicción por el cine catastrófico me lleva a ciertos extremos que rallan en el frikismo más absoluto, pero que tienen su gracia. Uno de ellos era que cuando mis padres me llevaban a comer una hamburguesa a un restaurante de Madrid cuyas paredes estaban decoradas con carteles de película yo me tenía que sentar enfrente del de El Coloso en Llamas. Me encantaba aquello que ponía de ¡Nadie puede bajar! ¡Nadie puede salir! Me parecía una forma de venta inmejorable. No entendía por qué la gente no compartía mi afición...

Por eso, aunque soy muy resistente a las películas modernas y en cuanto puedo me vuelvo a mis DVDs viejunos, nunca me importa volver a ver United 93 o Pánico en el túnel. Ya, ya lo sé. Stallone tiene menos expresión facial en esa peli que una lechuga de bolsa. Pero es cine catastrófico, y aquí todo el mundo tiene sus perversiones.

Ya, ya lo sé. Parecía que este post iba a hablar de mi antiguo trabajo, y al final, nada. Pero como sobre eso hay mucho que contar, casi lo dejo para otro momento.


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