13 octubre, 2015

Por qué no he vuelto a la radio


Sometimes I wake up in the morning
To red, blue, and yellow skies
It's so crazy I could drink it like tequila sunrise
Put on that Hotel California
Dance around like I'm insane
I feel free when I see no one
And nobody knows my name
God knows I live
God knows I died
God knows I begged
Begged, borrowed and cried

God Knows I Tried, Lana del Rey

Me vine aquí con una mesa de dos pistas y la firme intención de no dejar la radio. Primero no tuve ganas, y después no tuve voz. Mejor dicho: tenía voz, claro, pero no tenía ganas de hablar ni la posibilidad de respirar tranquila durante una hora. La radio es lo que tiene: los oyentes la prefieren libre de hipidos, si puede ser. Sólo se puede entrecortar la voz un segundo, porque si no aparece el silencio, y en las ondas eso es lo mismo que irse a negro en la televisión. El vacío, la incomunicación. Así que pase lo que pase tiene que haber sonido, voz, música, la respiración, aunque sea. La radio sirve para saber que de alguna manera hay otro mundo y está vivo, o quizá sea una especie de tensiómetro para saber que tú mismo, el que escucha, está aún allí. Mi propio silencio, que tanto he cultivado últimamente, no servía. Y ahora estoy atascada por algo mucho menos poético: no soy capaz de hacer que todo funcione. La mesa por un lado, el micro por otro y el ordenador al final de todo el proceso parece que funcionan por separado, pero no hay manera de coordinarlos. Me dijeron que esto sería fácil, y no lo logro. Sigo intentando mover las clavijas de un lado para otro mientras recupero mi voz.