28 octubre, 2014

Canción de amor y muerte


Guapa y peligrosa
no te limpies la ropa
que me gustas así, para mí
Y es que a pesar de la muerte,
de la vida o la suerte
yo siempre te querré, ¿no lo ves?
Canción de amor y muerte, Iván Ferreiro


A veces pienso en la gente que me importa y a la que yo le doy igual. A veces echo de menos a quien nunca piensa en mí, y eso genera un tipo de dolor punzante, muy particular, que creo que es sólo mío porque sólo yo sería tan estúpida de querer a quien le soy indiferente.

Hace mucho tiempo me dijeron que somos nosotros los que elegimos quién nos deja huella. En aquel momento pensé que no era verdad y con el tiempo me he dado cuenta de la verdadera dimensión de la frase. Elegimos nuestros amores, aunque no nos correspondan. A pesar de que no contemos para ellos por desidia o simplemente porque ni saben que existimos.

Estamos advertidos: no se pueden hacer preguntas cuya respuesta no se pueda asumir. No se pueden saldar cuentas que nunca se abrieron, ni cerrar heridas de cuya existencia sólo sabes tú mismo. A esos a los que les doy igual me gustaría pisotearles, darles una patada, dejarles morir, besarles o parirlos. Sí, parirlos. Expulsarlos con dolor a alguna parte en la que tengan que reconocer que existo, o que estoy escribiendo sobre ellos. A un sitio donde puedan esbozar esa sonrisa de yonqui que sólo se te pone cuando sabes que alguien ha escrito sobre ti, aunque no lo diga. O a un lugar en el que se cagan en mí, y vienen al día siguiente a decirme que deje de invadirles, que deje de mencionarles, que abandone la glosa inútil o el verso cursi, que no me quieren, que no soy nada, que les deje.

Sería mucho más sencillo - y probablemente más provechoso - fijarme en lo bueno que tengo, imprecar, insultar, desterrar de mis pensamientos a los que nunca me ven. Pero no puedo. Me inspiran.

Quizá el problema fuera ese, que cuando nos decidimos a querernos estábamos tan aterrados que lo hicimos todo con una torpeza enorme hasta llegar a odiarnos o algo parecido, porque odiarnos, se ha visto, tampoco sabíamos, y lo que ha quedado es este respeto tenso...

... y en ese respeto tenso no duermo mientras te canto a través de un cristal oscuro y aspiro el poco aire que me queda, a bocanadas de muerte, de defunción de mi existencia.



(el fragmento en cursiva
el blog de mi admirado Guille Ortiz) 

2 comentarios:

ETDN dijo...

Ay, querida, somos legión.

Este post llega en uno de esos momentos en que parece espejo, reflejo exacto de lo que siento. Yo también me siento estúpida al caer una y otra vez en el error de elegir precisamente a quien nunca piensa en mí, a quien me ignora. Y no soy capaz de renunciar precisamente por eso que dices: la inspiración. No sé si podemos elegir a quien amar, pero desde luego no elegimos lo que (o quien) nos inspira. Eso llega o no llega, y no lo elegimos.

Yo, amiga mía, soy de las que sólo me enamoro de lo que me inspira. O quizá sea al revés: me inspira lo que me enamora.

Y ese respeto tenso que dice Guille es una sensación desasosegante. Un falso equilibrio que nos obliga a callar, a no decir, a mentir. Cuando quizá lo que deberíamos hacer es provocar el estallido, que todo salte por los aires de una vez por todas.

Nos aferramos a la duda y a la esperanza porque la renuncia nos deja más vacíos, menos inspirados.

"Entre el dolor y la nada elegí el dolor"... A veces pasa. Y no tiene por qué ser malo. A veces lo malo es no sentir absolutamente nada.

Paro ya, que entro en bucle.

Besos. Ganas de café y tarta.

kika... dijo...

Tienes toda la razón. Y lo peor es que se resisten a marcharse, no desaparecen, y se revelan casi siempre en el momento más inadecuado...

Ay de nuestros corazones, que son casitas para los fantasmas...