16 agosto, 2014

Desierto




Hoy es el día del año en el que Madrid está más vacío. Nos obligamos a pensar que la ciudad es una playa, pero es un desierto. Un desierto pequeño y pedregoso que nos acecha a la vuelta de cada esquina. No temo al calor - al fin y al cabo nací en verano y en un secarral - pero sí a la sed. Esa sed que sólo se tiene a base de tragar fluidos corporales y economizar saliva, como si fuera uno de esos de los programas de supervivencia. No hay frutas milagrosas ni cactus con corazón líquido y apenas nos quedan lágrimas y orina para hacer la travesía del verano.

Imagino una cantimplora. Imagino la muerte o un espejismo. Imagino, en alguna parte, las luces de la aurora para fingir que no me quema el sol, que no me taladran los granos de arena que el viento lanza por todas partes. Finjo que no me importa, que no echo de menos, que no me aburro, que no estoy muriendo de alguna manera. Mientras, espero y miro por la ventana para ver cómo arde el asfalto, despacio, de camino a la segunda quincena del mes más desértico del año.

Se me arrugan los labios, me saben a polvo, agradezco estar viva pero creo que es muy poco. Cierro los ojos y siento el recuerdo de unas manos unidas, de salir juntas por la noche a ver las estrellas con una chaqueta y una linterna mientras nos reíamos de las cosas de mi abuela. Tomar el fresco y que de pronto un recuerdo se meta dentro de otro recuerdo: aquel de la una estrella fugaz atravesando el cielo sobre mi abuelo y yo, sus ojos casi ciegos jurando haber visto algo, el cielo iluminado sobre mi pequeño desierto, las lágrimas, la esperanza de resucitar, aunque sea en otra parte.

(la foto, por supuesto, es Almería)

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