02 abril, 2014

You can't see them, but they're on fire


No me apetece entrar en la cocina y tengo que escribir esto muy rápido. Quedan diez minutos y lo que añada el árbitro.

(Tarea en segundo plano: Busco una contraseña que me permita reparar algo.)

Dices que soy implacable con el error, pero con el tiempo he descubierto que sólo soy implacable con el mío. Las equivocaciones de los demás en ocasiones me inspiran indulgencia, como si las hubieran cometido niños. Otras veces, simplemente se me olvidan. Pero lo mío, nunca. Los errores se me quedan pegados a la cabeza, dan vueltas como moscas a la espera de una solución o algo que las espante. Si el error me decepciona, la incapacidad de darle una solución me tortura.

La incapacidad de saber cuál es el verdadero error. De saber si el error realmente importa. Entender que eso, en realidad, no le importa a nadie, o que si les importa deberían ir al alguna parte y fastidiarse.

Miro por la ventana. La pareja que no tiene cortinas se abraza frente a mí. You can't see them, but they're on fire. No les miro por ponerme cachonda ni por matar el aburrimiento. No sé ni por qué lo hago. Quizá porque no quiero entrar en la cocina aunque tenga hambre, quizá porque prefiero mirar hacia fuera que hacia dentro, quizá porque tengo que escribir esto rápido.

Me queda el tiempo de descuento.




No hay comentarios: