07 mayo, 2013

Otro milagro de la primavera






Muchas veces pienso en Antonio Machado. En esos días azules y ese sol de la infancia que alguien encontró en unas cuartillas, en una maleta, tras su muerte en Colliure. Cuántas veces le he pedido al azul y al sol que me bañen, o quizá que me metan en una maleta y me dejen consagrarme al exilio interior. O a la poesía. Se supone que la literatura es una tarea que debe estar separada de la vida, manteniendo un imprescindible cordón sanitario porque con frecuencia la emoción enturbia la técnica o la imaginación. A mí me cuesta mucho, porque en realidad escribo sobre mi vida, aunque quizá entienda la vida no sólo como lo que es, sino también como lo que me gustaría que fuera o lo que rechazo. No puedo escribir con música, ni siquiera con el inteligente Mozart o alguna elegante improvisación de jazz, porque cuando escribo hablo y si no me oigo con toda claridad, la tarea se me hace imposible.

A veces lloro mientras redacto. Cuántos grandes poemas - o quizá no tan grandes - han quedado borrados por mis propias lágrimas. No ayuda mi costumbre de utilizar rotulador, ni tampoco mi extraña habilidad para llorar con la intensidad del agua que pasa por una rambla torrentera.

No debería llorar. Lo sé. No puedo evitarlo. Hay momentos en los que tengo una humedad dentro que es malo retener y casi peor si sale, pero no puedo evitarlo. Me han dicho que debería contárselo a alguien, pero ya me sé el baile de esta emoción de arenas movedizas. Casi podría decir que nadie la conoce mejor que yo, que nadie le ha ganado tantas veces la partida.

Pienso en Machado y en la risa cruel que se le pone a veces al destino de los escritores, tan cruel como la del resto de los mortales. Se publican sus Campos de Castilla en junio de 1912, y Leonor llega a tenerlos en las manos unos días de julio antes de morir el 1 de agosto. Al menos llegó a verlo, me dirán muchos. Esa es la actitud, no lo niego. Pero odio la canallada de la muerte que se lleva a Leonor mientras que esos poemas hacen inmortal a Machado. Supongo que él notaba la mano de su esposa sosteniéndole la pluma, escribiendo

Late, corazón... No todo
se lo ha tragado la tierra.


Las fechas de la vida de Antonio son, a partir de este momento,  como mis poemas mojados.  Se enfada con Dios y al final pide el traslado a Baeza. Baeza es una ciudad preciosa, pero a mí siempre me ha parecido algo triste. Estuve allí el año pasado cuando no había rambla torrentera ni lágrimas ni nada. Habíamos coincidido un único día del mes  y eso bastaba para proporcionarme una fuerza sobrehumana. Quizá ese día me ha hecho llegar hasta aquí. Le recuerdo al lado de la boca del metro, la misma por la que hemos pasado hoy. Miraba hacia otro lado y le tapé los ojos.

Tan pobre me estoy quedando
que ya ni siquiera estoy conmigo, ni sé si voy
a solas conmigo viajando.


He tenido que parar para coger fuerzas. Acabo de conectar el despertador y tengo miedo de mañana, porque los días a veces empiezan como la noche anterior a la llegada de los Reyes Magos y terminan húmedos, y te mira tu vida, y te escribe un epitafio.

2 comentarios:

Tu amiga La Escritora dijo...

Vuelvo a estas páginas, en medio de otras lecturas y otras páginas. siempre es grato pasar y dejar un saludo, como si fuera un Qui hay de los de mi tierra... Y al comentario:
Un viejo amigo me acontejaba: "Escribe aunque se esté muriendo tu madre". Eso hice entonces. Y sigo ahora. es lo que quedará de nosotros.
Que todo no sea trabajo. Que al baile del cuerpo acompañe el baile de las letras. Un abrazo. Y mucha salud.

kika... dijo...

Tienes razón en todo... :D

Vamos a ver si me dura.

besos y magia,
K