27 abril, 2013

Nueve meses

No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de sorportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Oliverio Girondo


Siempre decía que no me arrepiento de mis decisiones, pero entonces aprendí que me arrepiento, que es casi tan humano como errar. Me arrepiento y sigo viviendo con ellas. Seguí viviendo con ellas. Nada era irremediable, dije, y trataré de paliar las consecuencias, afirmé. Un día desperté y vi que faltaban dos días para los nueve meses. Hice colección de todas las decisiones y de todas las veces que me dijeron que tomé las que quise, que nadie me presionó. La libertad a veces no ayuda. O quizá es porque nueve meses después vi que puede que no fuera tan libre como había pensado.

Mentí mucho. También mentí mucho. Las peores mentiras son las que no dices mientras te aguantas las lágrimas. Al principio me atragantaba, pero después llegué a tal nivel de perfección que sólo se me quedaba dentro una especie de zona pantanosa, como si se me hubiera mojado algún componente electrónico del alma. Como a los móviles antiguos, esos que se metían en un vaso lleno de arroz crudo y volvían a funcionar, yo respiraba hondo y rezaba por que el agua oscura no se me notara. El suspiro era mi vaso de arroz, echaba a andar de nuevo y me servía, a la vez que rehuía el contacto con el mundo, un mundo cada vez más triste, más estrecho, más asfixiante, porque no quería saber nada. Nada de preguntarme ¿y no te cansas? Sé que esa era la demanda de los que me querían. Eso y el porqué, claro, el porqué de todo.

De pronto, me quité la telilla legañosa que queda en los ojos después de tanta lágrima y vi que había vuelto el invierno. Me senté en el suelo del pasillo de casa, mirando fijamente un cuadro que tiene dentro un rizo de alambre. Sabía que sólo tenía dentro el hilo de cobre, aunque no se veía desde donde yo estaba. Otra forma de mentirme, dije mientras temblaba. Y yo no digo mentiras. Lo repetí como los niños que se dicen bajito que los fantasmas no existen. Lo dicen para no salir corriendo. Lo dije y comencé a creerlo.

3 comentarios:

NáN dijo...

A ver, que me aclare: ¿nos estás diciendo que con un cuenco de arroz vas a dar la vuelta al mundo en nueve meses? ¿De la misma manera que esta mañana le he dado la vuelta al colchón en nueve minutos cargándome nueve objetos?

Contasta y... no me mientas, ¿eh?

kika... dijo...

Jajajaja... Pues si te dijera la verdad, quizá te mentiría, NáN...

(beso)

Pia dijo...

que buen comentario de Oliverio Girondo