16 marzo, 2013

Mosquitos

De niña era una escritora compulsiva de cartas. Recuerdo cómo se las daba a mi padre para que las franqueara y enviara porque yo no sabía muy bien cómo se hacía. Más tarde, de adolescente, me encargaba de comprar los sellos. No es que eche de menos la liturgia del buzón, pero sí la de escribir a personas que estaban en otros países y a las que apenas conocía. Descubrí que las cartas tardaban mucho en llegar a mi barrio. Siempre he sospechado que había un cartero poco diligente que sólo tenía prisa cuando se trataba de certificados urgentes, quizá de multas, y sin embargo mis cartas sufrían una demora incomprensible.

Me lo tomaba muy en serio y pasaba horas escogiendo el papel estampado o perfumado. Todo debía ir acorde con el destinatario. Cultivé el género epistolar a la vez que empezaba a escribir poesía: una poesía que ahora me da vergüenza y que apenas recuerdo por miedo a que lo que hago ahora en el fondo no sea mucho mejor.

Ahora ya no hay cartas más allá de las del banco. Ahora mis correos electrónicos son de tres líneas porque me cansa escribir. Temo que este cansancio sea definitivo. Anoche soñé que el niño de seis años que son estas Realidades Paralelas volvía y trataba de tomarme por la mano, pero mi estúpida mano derecha no sabía hacer otra cosa que revolverle los rizos pelirrojos. Ese pelirrojillo se me aparece cada vez que olvido algo importante que tiene que ver con escribir.

A la mañana siguiente, desayuno con un email de El Santo. Comienzo a leerlo en el móvil y pronto sé que no debo, porque no es un correo electrónico, es una carta aunque no haya tinta ni papel. Echo de menos full-time últimamente. A él, por ejemplo. Habla de pensamientos circulares pero no obsesivos. No me hacía falta la aclaración, Santito. A mi alrededor también revolotean ideas-mosquito. No hay forma de que hacerlas marchar. Nadie ha muerto por la persistente compañía de mosquitos mentales. A veces se me aparecen como motitas negras ante los ojos. Cuanto más lejos los envío de un manotazo, más deprisa vuelven, sedientos de sangre o de aliento o no sé de qué, pero vienen a buscarme.

Mientras, siento que he perdido músculo. Del literal - hace dos meses que no doy un paso de baile - y del literario. Tengo ganas de llorar por alguna de esas fibras de tejido real o metafórico, pero me pican los mosquitos.

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