23 marzo, 2013

En círculos



Me fastidia mucho perder cosas. Soy incapaz de encontrar el mando de la minicadena y cada vez que lo pienso me invade una mezcla de decepción y cabreo. Pero cuando lo que pierdo es una persona, automáticamente deseo haber perdido la cartera y las llaves del coche en su lugar. Como lo único que va más rápido en este mundo que la velocidad de la luz es la autojustificación, muchos optan por responsabilizar al otro por haberse dejado perder. A mí me ocurre lo contrario. Siempre pienso que la culpa es mía, y por mucho que sepa que se trata de una de las peores trampas morales que puede haber, no logro desembarazarme de ese dolor agudo que genera la responsabilidad por la pérdida.

Llevo unos ocho meses caminando en círculos. Cada círculo dura aproximadamente una semana, o lo que es lo mismo, unos 10.000 minutos. En ese periodo doy una vuelta entera a mi vida, tomo aire, decido, respiro y sigo caminando durante los 10.000 minutos siguientes. Aunque el paisaje parece cambiar, siempre llego al mismo sitio. Miro a mi alrededor, pongo el contador a cero y vuelvo a caminar. Si al final de cada ciclo hay un razonamiento, lo compro, y si ese razonamiento tiene trampa, no se la veo. Y otra vez, y otra, y otra...

Cada semana se hace más larga, y el camino es más duro, como si alguien hubiera hecho que la calle fuera una cinta de gimnasio que fuera al revés. Cada vez más acusaciones de que no estoy, cada vez más lágrimas reprimidas en la boca del estómago, cada vez más de lo que no importa, cada vez más ganas de que termine. No sé si quiero que alguien te eche o que alguien te llame, o si sería mejor darte un minuto de mi dolor, o convencerme de que no se quiere igual por mucho que nos parezcamos. Quizá lo peor sea la traición por atracción, la desesperación porque nada dependa de mí, la incapacidad para distinguir mi cara de la de otra persona cada 10.000 segundos, las mentiras para ocultar la vergüenza, la falta de ganas de escribir. He descubierto que lo que escribo es un desagradable espejo en el que no dejo de mirarme y quizá por eso no puedo con el rotulador ni con las teclas.

Salir, dice Lady K, pero salir entera. ¿Cómo voy a hacerlo si no puedo? Y de pronto vuelvo a desear haber perdido las llaves de casa y el móvil del trabajo, como si eso me los pudiera devolver.

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