09 enero, 2013

El Hombre de Aire


El arte no reproduce lo visible. Hace visible lo que no lo es.
Paul Klee


Me despierto sobresaltada. Son las cinco de la madrugada y mi brazo derecho flota como abrazando algo. Mi cerebro, quizá azorado, le da una orden rápida para que vuelva a su sitio. He vuelto a hacerlo. A abrazar al Hombre de Aire mientras digo en sueños que le quiero.

Me ocurre desde hace un par de meses y cada semana va a peor. Las habrá que vean las indudables ventajas de los hombres incorpóreos e intangibles: no molestan, no cambian la tele para ver el fútbol y jamás se niegan a acompañarte de compras. En cuanto a decirles que les quieres y que parezca que estás hablando sola, eso ya no es un problema desde que se inventaron los cascos para hablar por el móvil. Han elevado el principal síntoma de la paranoia a una situación de normalidad absoluta.

A mí está empezando a darme miedo. Abrazar la nada en mitad de la noche deja una sensación helada que rara vez me deja volverme a dormir. Empiezo a confundirme y a soltar te quieros cuando no sé si procede. Al principio me engañaba pensando que mis palabras de aire se quedaban dentro del Hombre que caminaba a mi lado. Enseguida abandoné la idea. Me temo que el Hombre de Aire no tiene orejas, o éstas son transparentes y pierden mis palabras porque al fin y al cabo están hechas de la misma sustancia incolora, de la misma inexistencia, del mismo tiempo detenido.

2 comentarios:

Virginia Barbancho dijo...


Mujer de carne y hueso...


Beso

V.

kika... dijo...

¿Y el aire y la carne... cómo se llevan?

(besos)