20 enero, 2013

Así era, Coral




It doesn't pay to make predictions
Sleeping on an unmade bed
Finding out wherever there is comfort there is pain
Only one step away
Like four seasons in one day
Crowded House, Four Seasons In One Day




Tuve una amiga en el colegio que se llamaba Coral. No sé qué habrá sido de ella. Ignoro si anda por las redes sociales y desconozco si la reconocería en caso de verla por la calle. Hay algo suyo, sin embargo, que recuerdo perfectamente. Tenía un miedo terrible a ser muy feliz. Como buen juego de suma cero, la vida era para Coral una especie de balanza perfecta en la que si el fiel se inclinaba hacia un lado, debía a continuación inclinarse hacia el lado contrario. A mayor inclinación, peor el revés que cabía esperar. Las grandes alegrías siempre se verían seguidas de terribles contratiempos y ella rehusaba constantemente plantearse la hipótesis contraria. Sólo lo alegría comportaba un peaje de desgracia.

Últimamente me viene mucho a la memoria. Me imagino que es porque a ratos soy la mujer más feliz del mundo y el segundo siguiente tengo ganas de llorar como si me pisotearan por dentro. No, no estoy mal de la cabeza ni tengo cambios de humor. Qué fácil sería echarle la culpa a las bajas presiones, a la lluvia, a la luna nueva o a la ciclogénesis explosiva. Eso sin contar el ciclo hormonal. Quizá sea lo que piensan muchos. Que cada vez estoy peor, que he perdido mi toque y ya no escribo cosas como esta, que puede que esté frustrada y descontenta o que he tomado el humor de la crisis. No es nada de eso. Es, más bien, la cara de Q. en Nochevieja, que me miraba sabiendo perfectamente lo que pasa, con una indignación más que aparente... y más que sorprendente habida cuenta de su calmada forma de ser.

A lo mejor es que Coral tenía razón, pero nunca calculó que podría aparecer todo mezclado en las mismas veinticuatro horas que vivo desde hace lo que me parecen varios meses. Me he preguntando quién decide, a quién le pertenece el tiempo - porque este tiempo ya no es tuyo ni nuestro-  qué hacer o qué no hacer.

Es difícil vivir cuando al levantarte no puedes dejar de pensar que es muy probable que en la misma hora vivas una gran fortuna y el mayor infortunio. Me imagino que mi dolor es como el de Coral, que siempre lo veía como un pago indeseable por la felicidad no deseada. Supongo que mi dolor es como todos, como el de muchos, quizá incluso como el tuyo.

Aunque a ratos, si me perdonáis la soberbia, la imaginación no me alcanza.

Como en esos días en Inglaterra en los que el cuerpo no puede acostumbrarse a que en un solo día el tiempo parezca pasar por las cuatro estaciones.

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