21 septiembre, 2012

Calle Rodaballo (cuentecito de verano africano-almeriense)


Para A., la que vive lejos



Parecía música de jazz, pero si lo escuchabas de cerca eran escalitas y arpegios. ¿Quién puede tener un piano tan cerca del mar? Me recuerda a C., que se llevo un piano a su África y estuvo tres años mirándolo con desesperación. Los cambios de temperatura de la mudanza habían dilatado la madera y distendido las cuerdas, así que se pasó el tiempo dándose con el piano en las espinillas. Nunca habría imaginado que no hay afinadores en África oriental.

Sé que los pianos sufren mucho con la humedad. Me imagino que cualquier instrumento musical lo hace. Alina odia el frío y el calor. Le asfixia el viento de los ventiladores. Por eso a C. le dolía tanto aquella escena de "El Piano", más que cualquier otra de la historia del cine. Lloraba por el piano en mitad de aquella playa del fin del mundo, rodeado por las olas, desafinándose a cada minuto. El resto de la película le parecía inverosímil: Nunca dejaría que me pusieran una mano encima por un piano en esas condiciones. Está destrozado, seguro.

Yo subía de la playa cargando con la silla de plástico, una botella de agua que aún guardaba algo de hielo, el pareo medio caído y pensando en cualquier cosa. De pronto oí las escalas y los arpegios, y pensé que tenía que venir de una las casas de la calle Rodaballo.

La calle Rodaballo está al lado de la calle Esturión, cerca de la cuesta que baja a la playa. Tiene forma de fondo de saco, y por la boca del saco entré, con mi silla y mi botella. Con el pareo medio caído.

Tengo tendencia a pensar que todas las pianistas son mujeres. Por C., por mi ahijada LuLi, por Aquestáahoraallí, por todas ellas. Es una estupidez, porque Alex, R. y El Niño Melón tocan el piano, y yo la guitarra - tengo tendencia a pensar que son Ellos los que tocan la guitarra...

A través de las lamas de la puerta de la cochera, lo veo. Pasa de las escalas a los arpegios, y luego creo que improvisa, aunque no estoy segura porque no sé nada o casi nada de jazz más allá de los estándares más conocidos. Me recuerda al Swing Low Sweet Chariot que le cantaba a mi sobrino Tato para que se durmiera.

Creo que él sabe que lo miro, pero sigue tocando, y yo debo de parecer estúpida con el pareo, la silla y la botella azul de agua, pero no me dice que me marche, ni me invita a pasar, ni me deja preguntarle cómo es que tiene un piano tan cerca del mal, aunque sea eléctrico y no se desafine - creo que no se desafinan - pero no quiere que me marche, porque no pone el paño sobre el teclado ni cierra la tapa, y yo cojo la silla de la playa, me siento a escucharle. Tímidamente, si es que puede escucharse con timidez. En el fondo de los ojos me parece recordar unos besos sobre un piano, mi pie sobre las teclas, el dedo pequeño que aprieta sin apretar.

Llevo cuatro días volviendo antes de la playa para escucharle. Aún no me ha pedido que me vaya. No lo sé, pero me gusta pensar que improvisa cuando estoy allí, y que vuelve a sus escalas y arpegios en cuanto dejo de mirarle.

San José, 20 de agosto de 2012


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