08 agosto, 2012

Como la rubia de Nash


- ¿No te cansas nunca de tu papel de musa? – dice El Niño Melón poniendo cara de elegante hastío.
- Oye, rico, que yo no voy de eso… Además, como si se supiera que inspirando algo vas a quedar bien. Hay mucho retrato en el que se sale bien poco favorecida. Y ahora me dirás que encima se liga…

La conversación discurrió después por otros derroteros y no pude contarle esta anécdota que me pasó hace bastante tiempo.

Estaba con el Paseante en un gran almacén de esos en los que se compran discos y libros, concretamente en la línea de cajas. Había una cola terrorífica para pagar, pero a nosotros nos daba igual porque nos arrullábamos con una chorrada de esas con la que nos arrullábamos en aquel tiempo. Creo que hablábamos de mis pantalones, entonces tema habitual de conversación. Bajo las sandalias se me veían los deditos de los pies teñidos por el índigo de los vaqueros. El azul se me había acumulado alrededor de las uñas, haciendo que fuera muy difícil de quitar. Aquello no se iba ni con una ducha de salfumán.

El Paseante seguía con sus palabritas mientras metía la mano en el bolsillo trasero de mi pantalón. Preguntaba que por qué me quedaban así de bien, que algún secreto tenía que tener la cosa, y yo me ponía entre idiota y digna, y le decía:
-El secreto, ya lo sabes, es que desde que te conozco como la mitad. Me estoy quedando sifilítica, pero me caben los vaqueros que antes no me entraban ni con soplete…
- Entonces… ¿por qué tienes los pies azules?

Gran pregunta.

El Paseante nunca preguntaba lo que no sabía. Lo que no sabía lo afirmaba y trataba de sacar la verdad a partir de ahí. Solamente inquiría acerca de las cosas para las que ya tenía respuesta. Me imagino que algunas lo encontrarán una costumbre encantadora, pero a mí me ponía un poco nerviosa. Y como ya empezaba a cargarme el asunto, la frase que sigue no la dije en tono de arrullo precisamente:
- Porque el primer contacto de mis vaqueros con el agua nunca es en la lavadora. Me ducho con ellos puestos y si el tinte no está fijado, me destiñen sobre la piel…

De pronto, el chico que esperaba detrás de nosotros soltó su compra en un expositor cercano, se acercó a mí y me dijo:
- ¡Acabas de darme la clave!

Me estampó un sonoro beso en la mejilla y salió corriendo.

El libro que llevaba entre los brazos se me cayó. Era un mamotreto de literatura británica del siglo XX en tapa dura. Me magulló el dedo mientras trataba de recomponerme.

- Y no te ha dado ni las gracias… - me dijo el Paseante, poniendo una cara de hastío que no se parece en nada (menos mal) a la del Niño Melón.

Allí me quedé, exactamente con la misma expresión que tiene la rubia de John Nash en esta escena.




Una rubia que en realidad no existió, pero qué narices importa si todo el mundo sabe que las musas no existimos existen.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Deberías inaugurar una sección llamada "Cosas que sólo me pasan a mí". Me ha encantado la anécdota. A pesar del personaje secundario :-)

Besos

Q

kika... dijo...

:D

Del personaje ya ni me acuerdo. Pero si te digo la verdad, del chico que me estampó ese beso como si le hubiera descubierto la esencia de las cosas no podré olvidarme mientras viva.

Un beso enorrrrrrrrrrrrrrrrme,
K