14 julio, 2012

Me siento en la cama



Me siento en la cama
y me quito los zapatos
mirando la ventana
me quedo pensando un rato…
Me siento en la cama, Kiko Veneno


Hay fenómenos que nadie sabe si ocurren en virtud de las leyes de la física o las matemáticas. O si simplemente, ocurren. Está lo de la primera tortita que siempre se pega a la sartén y sale fea, picada de acné o con sabor a teflón. Las siguientes siempre están perfectas, y la investigación acerca de los orígenes del suceso se demuestra completamente estéril en buena parte de los casos. ¿Se trata de casualidades recurrentes o de verdades que aún no han sido explicadas?

Siempre empieza igual: la masa se extiende por el fondo de la sartén y me acuerdo de Queens, que adora estos crêpes. Lentamente la tortita se va llenando de burbujas, y sobre el recubrimiento antiadherente parece como si fuera una luna comestible, con cráteres y mares. Y después, lo ineluctable: se rompe o se pega o se cuartea como si fuera el gotelé de una casa vieja. Sé que no importa, que los ingredientes son los mismos que los de sus compañeras que saldrán perfectas de la sartén, y que es una estupidez tratar de esquivar las repeticiones no escritas, como la del vestido de ayer…

… ese que nunca puedo quitarme sola. No entiendo cómo me puedo tocar la nuca y es imposible bajarme la cremallera de este maldito vestido. Y me lo sigo poniendo, no sé si pensando que la próxima vez tendré ayuda, y después me siento en la cama, me quito los zapatos y vuelvo a comprobar que no me han crecido los brazos, y siempre esa sensación de asfixia.

Puede que siga buscando la anomalía, la enésima repetición en la que no ocurre lo esperado, o peor aún, puede que busque una explicación que no sé si existe, pero que estoy segura que no importa, porque a mí no me interesa, simplemente es una anécdota para contártela, porque quizá esto simplemente es una repetición pegada al fondo de la sartén, pero hay un abismo bello al fondo del pasillo, cerca de la cocina, donde la tortita se me arruga otra vez, y al contrario de cuando era chica, que me la comía siempre, la mordisqueo y la tiro. Toda explicación me parece contingente, sé que solamente hay un ahora, y además no he hecho planes.

Dormí con el vestido puesto, como una muñeca de mí misma. A tamaño natural.

(y aquello, todo aquello del caldo del cuerpo)


2 comentarios:

Miguel Ángel Maya dijo...

...Te advierto que si sigues escribiendo así te va a costar encontrar manos que bajen esa cremallera: entre los que no paran de aplaudir, los que se quitan el sombrero, o entre los que simplemente te miran dormir con el vestido puesto, embelesados perdidos, a ver quién es el guapo (porque supongo que hasta lo querrás guapo) que se pone manos a la obra...
;-)

kika... dijo...

;-)

Fui liberada a las 9 y pico de la mañana por mi vecina.

Pasé un buen rato valorando si era mejor quitarme los zapatos o, si era una muñeca, dejármelos puestos... Cosas que se piensan en plena asfixia.

Y ahora me pregunto qué sería mejor en estos casos: ¿aplaudir? ¿quitarse el sombrero? ¿verme dormir? Pero claro, a ver quién es el guapo que responde...

(besos)