24 mayo, 2012

Lo que dura la alegría en casa del pobre


Las avenidas de tu corazón
que recorríamos sin nada que temer
Aquellos días no sabía que podía perder
¿Quién se acordaría mejor?
Avenidas de tu corazón, Quique González

Esta mañana me he levantado decidida a contar aquí todo lo de la presentación del martes. Fue uno de los mejores días de mi vida. Resumiendo. Pero hay mucho que relatar y no basta con esa frase que al fin y al cabo, tiene un tufo tremendo a lugar común. Esta mañana me he levantado un poco maltrecha, pero enseguida me he puesto a dar saltos mortales al recordar el road trip abulense de los dos días anteriores. Claro que la alegría dura muy poco en casa del pobre. No podía ser lo de ir por la oficina volando sobre los tacones, y menos aún pasear por la Gran Vía de camino a un recado como si tuviera petardos en los pies. No podía ser. Cuando llegué a El Corte Inglés y tuve el regalo entre las manos, miré el bolso y no tenía la cartera. Qué raro. Pero como soy un poco despistada y siempre vivo cerca de la obsesión de que me voy dejando todo por todas partes – obsesión que frecuentemente me obliga a regresar a comprobar que llevo los móviles, las llaves o las gafas de sol – pensé que había olvidado la cartera sobre la mesa del despacho. Volví a la oficina y allí me di cuenta de que la cartera no estaba. Ni viva ni muerta. En ese momento me di cuenta de que me habían robado. No me enfadé ni me puse furiosa, pero me puse tan triste que apenas podía respirar. Lo hice todo mecánicamente. Anulé las tarjetas y me fui a denunciar. El policía que me atendió, por una vez, me trató con normalidad y no me dijo que menos mal que no había sido peor (recordemos aquella vez que robaron a Blanki), ni me llamó señorita ni nada. Simplemente recogió con toda diligencia la lista de lo robado y manifestó en la denuncia que yo no sabía ni dónde ni cómo me había ocurrido. El origen de mi cambio de estado de ánimo había sido tan indoloro como fulminante.

No pude trabajar por la tarde, así que me marché a tratar de recuperar una parte de mi vida en forma de carnets y tarjetas. Cuando terminé todos los trámites posibles, me senté a beberme una lata de cocacola en el Parque de Berlín. Cuando me siento en ese parque se me viene a la cabeza Quique González. Es el cantautor de mi barrio. O el rockero. No voy a discutir porque hemos comido albóndigas en el mismo bar de toda la vida y digo de él lo que me da la gana. Hoy era como si me cantara esta al oído. Como si la hubiera escrito para mí. Me lo imaginaba sentado al lado de la fuente donde están los trozos del Muro, quizá con un cuaderno o una guitarra, respirando la asfixia alérgica del parque en mayo, sin reparar en que una rubia le mirar desde el banco de al lado diez años después. Y la chica mira el bolso, ve que le falta algo y piensa que quiere volver a hace diez años, cuando la vida pasaba de ella pero no se lo decía.

- Hace diez años yo no necesitaba nada, Quique.
- Ahora tampoco. Aunque un poco de suerte no te vendría mal.
- Sí, porque me estoy cansando de magnificar lo poco bueno para esconder lo demás.



Mientras, creo que me acerco a uno de los bordes de esta cárcel de luz porque dentro de poco tendré que hacer cuentas con una vida que se apaga lentamente. Me enfrentaré, como a todo. Pensaré que la adversidad me hace más fuerte. Menos dependiente del mundo. Y después miraré cómo se empapan los pedazos de Muro de Berlín y pensaré que...

… aquellos días, parecía que nos iba a morder,
todo sucedía al revés
y  ahora ves lo que ha quedado atrás…

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