16 mayo, 2012

La metáfora de los dos cerebros


Llevo una temporada en la que el hecho de que no me duela lo que me dolía siempre ha provocado que el resto de mi cuerpo, real e imaginado, clame por el pedacito de atención que me negué a darle durante los últimos tres años. El primero en pedir audiencia fue mi corazón, claro, pero yo le dije que esa víscera del pecho no siente, que si acaso siente el cerebro. Para eso es un amasijo de nervios y electricidad. Tiene más sentido. Una vez establecido que era el cerebro el que se quejaba, siguieron la rodilla izquierda, dos ganglios, un codo y la comisura de los labios.

Esa sí que estallaba. Tenía un cuaderno de agravios largo escrito en una libreta de hule y apenas le daba tiempo a contarme qué le ocurría: las palabras le goteaban incontroladamente cuando no se le quedaban pegadas como las migas que te encuentras en la cara después de comer galletas.

- He estado a punto de vomitar muchas veces. Como cuando ves una foto de tu ex en el Facebook – me dijo – Claro que no veo las fotos, porque no tengo ojos, pero vomitar sí que puedo.
- Oye, que ya lo he borrado de todas mis redes sociales, incluso de las de internet.

He tenido que borrar y rebobinar. En cuanto recobré mi nivel habitual de actividad entre quejas de mi cabeza, tronco y extremidades, rebobiné y descubrí que quizá haya perdido un porcentaje de las cosas que me hacían feliz, pero que las que me quedan me siguen alegrando de esa manera brutal e irresponsable que solamente puede producirse en alguien con dos cerebros. Había decisiones que había tomado, pero que mis tripas estropeadas no me dejaron la opción de ejercer. Solamente pude llevar dos a cabo: el alejamiento del Lobo y la digestión de una traición. Esa digestión ha terminado en una recuperación y en un fin definitivo. Quizá haya tanta gente que se aleja de mí de una manera u otra que odio tener que echar a nadie de la sala de llegadas de aeropuerto que es mi vida. Hay lágrimas y felicidad. Se queda en silencio muy pocas veces. Se me acercan muchas personas por diversos motivos. Los hay incluso que vagan por el hall de llegadas buscando un estanco abierto o que piden limosna al lado de la parada de autobús. Los que pasean sin dirección y llegan como por casualidad son mis favoritos.

- Esos son los que se marchan los primeros – apunta mi hombro izquierdo, que de otras cosas no sabe, pero de relaciones que se queman rápido entiende mucho.

Ya lo dijo Emily Dickinson:

El agua se aprende por la sed;
la tierra, por los océanos atravesados;
el éxtasis, por la agonía.
La paz se revela por las batallas;
el amor, por el recuerdo de los que se fueron;
los pájaros, por la nieve.

Pues eso.

2 comentarios:

Microalgo dijo...

Y bueno.

¿Nunca ha hecho Usted daño a alguien, aún sin querer?

Cuando uno lo hace, empieza a perdonar a los que se lo hicieron un día.

Créame, ande.

kika... dijo...

Totalmente de acuerdo. De hecho, las faltas que me inspiran mayor indulgencia son las que comete la gente a la que quiero.

Besos (y magia),
K