25 marzo, 2012

I Drove All Night (o Accidentes cardiacos a las tres de la madrugada)



Para Queens,
M., M. y M., experto equipo de cirugía
y reanimación.



Lo extraño es que conduzco sin música. Me pierdo tratando de salir de Tudescos: poco importa que conozca la zona como la palma de mi mano. No oigo casi nada, el coche convertido en una especie de saco vitelino donde quizá respiro.

El líquido amniótico es el ruido amortiguado de la Gran Vía en sentido descendente, la luz violeta que rodea a los viandantes. Semáforos intermitentes como mi cadena de pensamiento.

Anoche me quitaron una hora, pero también se fue algo más. Casi imperceptible, la única señal de lo ocurrido es que se me secaron los lagrimales. De golpe. No sé si me duele, porque solo me sale un mohín como de arcada, en la que no sé si sale el resto de ti o tus restos.

De vuelta a casa hay dos accidentes. No quiero mirar, aunque se me ha instalado dentro una idea de violencia incomprensible para el que la sufre y de pronto se ve ante el parachoques de otro vehículo. Creo que si atropellara a alguien ahora ni lo notaría. Oiría el impacto sordo contra su cuerpo blando. Quizá aceleraría asustada o lanzaría todo mi peso sobre el pedal de freno. Como explicación, mascullaría algo acerca de no tener costumbre de recibir palabras que me hieren. Algunos pensarán que mi mundo me ha malacostumbrado, pero mi mundo no tiene la culpa. Sé que hay accidentes cardiacos a las tres de la madrugada, pero no me gusta lo que ha acompañado al mío. Quizá lo mejor sea pensar que hay un motivo para lo que ocurrió, porque casi peor que tratar de resguardarse del dolor sea tratar de comprender por qué se ha producido.

Puede que me haya enseñado una lección. El problema es que no me ha enseñado la que quería. Nadie sabe quién llora. Pero he aprendido que al día siguiente siempre hay alguien que pregunta al accidentado porque no ve los daños, y tienes que decir que no estás bien, o no contestar, o en la mayor parte de las ocasiones simplemente hay que estirar las facciones, poner cara de que no pasa nada y sonreír.

(Estoy segura de que eso no se le pasó por la cabeza cuando se le olvidó poner mi corazón en hielo para minimizar los daños.)

Perder es un estado mental, me digo. Intento sonreír.


6 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Peor para el Sol?
¡Peor para él!

Anónimo dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=lR6yScoEWx8

kika... dijo...

querido anónimo...

me has hecho llorar, pero no ha sido gratuito. no sé si darte las gracias. creo que sí.

besos y magia,
K

kika... dijo...

sí. te las doy. definitivamente.

Microalgo dijo...

Desde un punto de vista biológico, no le recomiendo eso de poner el corazón en hielo.

Desde el punto de vista del amigo, tampoco. Qué coño.

kika... dijo...

Totalmente de acuerdo, querido Microalgo...

besos, besos y besos
K