18 febrero, 2012

No hay tiempo para la depresión

Mi profesora de baile indio dice que la depresión es algo occidental. “Nosotros no tenemos tiempo para deprimirnos. Y no me refiero al niño de Slumdog Millionaire, porque esos no es que no tengan tiempo, es que ni tienen posibilidad. Es otra cosa. Somos conscientes de que nada es eterno.”

Hace unos meses, mi antigua jefa me contaba una historia parecida. Estaba en Washington y se puso a fumar a la puerta de un hotel. Apareció el clásico americano que le dijo que fumar mata, y ella le contestó: “¿Sabes lo que pasa? Es que tú no fumas porque eres de aquí, pero yo soy española y allí desde los tres años somos conscientes de que nos vamos a morir…”.

Una vez le aconsejé al Arquero que rebajara sus expectativas. Andaba a malas con el mundo y yo llegué a pensar que todo era culpa del desajuste entre lo que él quería y la realidad. Las expectativas vistas como un veneno incómodo. Me arrepiento de haberle dado ese consejo, y soy muy feliz porque no me hizo caso. Esa no era yo, porque ya lo dice Lady K: siempre busco una solución, incluso cuando no la hay. Especialmente cuando no la hay. A veces se me estropean más las cosas, pero al menos me queda el recurso al pataleo. Un pataleo que, como dirían la hermaníssima y mi profesora de baile, debe durar diez minutos. Eso es lo más difícil. Tener la economía emocional suficiente para que todo dure lo que tenga que durar. La otra alternativa, no sentir nada, es muy peligrosa. A ver si vamos a terminar psicotizándonos para no tener dolor. Pero sí que sirve repetir el mantra de que no hay tiempo para la depresión.

Hace dos días todo iba a cambiar. Adoro y odio el cambio a partes iguales. Cambiaba horario, trabajo, compañeros, edificio, jefe, concepción del trabajo, incluso una parte de mi concepto vital hasta entonces. Y ahora, de pronto, no cambia nada. No sale ni el trabajo ni el horario… y no sé si se modifica todo o nada queda igual. O si esto es una puerta que se cierra para que se abra otra, como dice El Último Superviviente. Lo único que sé es que vencí muchos miedos para cambiar y no me ha salido. Pero aún puedo cambiar yo. Un cambio que deja chico a cualquier otro. Es el más difícil, pero es que es o eso, o nada. Y la nada casi siempre es peor.

1 comentario:

Arquero dijo...

No es tanto bajar expectativas, como tener pensamiento estratégico frente a ellas (llámese tener un Plan B, hacer labor de zapa o resistir a lo Osmán Pachá).
No te imaginas la cantidad de veces que en pequeñas y grandes cosas (a lo Woolf) acudo al
http://en.wikipedia.org/wiki/What_would_Reagan_do%3F
cambiando Reagan por Kika...

muxuak eta magia