06 enero, 2012

Todo vuelve a sonar




… tengo demasiado tiempo libre para ser feliz
tengo que salir de aquí
me estoy volviendo cuerdo…  
Imagínanos, Andrés Suárez

Nos hacen pensar que lo difícil en la vida es tomar la decisión de marcharse. Después de casi un mes, creo que no es cierto. Lo difícil es volver. Odio el verbo. No soporto la acción. Odio su campo semántico y todos sus derivados. Por eso me resulta difícil dar marcha atrás para emprender cualquier retorno.

Supongo que todo era producto de mi indecisión crónica y yo pensaba que terminal, porque cuando tomar una decisión cuesta mucho, es extraño tratar de retroceder. En este último mes, en el que he condenado a estas Realidades a un doloroso silencio, casi había resuelto dejarlas morir lentamente y dejar de dar excusas por no escribir. Lo pensé todo. Quise endulzar el momento y me dije aquello que NáN me comentó una vez. Hay momentos en los que hay que dedicarse a relatar, y otros en los que hay que dedicarse a vivir. NáN decía que yo estaba viviendo y por lo tanto no había nada que contar. Al principio era verdad, pero después no. Porque no creo que ir de casa al trabajo y del trabajo a casa fuera una vida demasiado interesante, por mucho que mi trabajo lo sea, y mucho. Ya hace dos años y medio que algo me persigue. Me recuerda que está allí, me dice que no puedo hacer una vida totalmente normal - ¿y qué cuernos es una vida normal? – y me hace salir corriendo delante de la nada mientras guardo las fuerzas para continuar. Hasta ahora, seguir ha sido lo importante. No he avanzado nada pero he logrado no perder pie. Me ha costado mucho esfuerzo, algunos amigos, infinitas explicaciones por mis cambios de humor.

En el último mes de todo ese proceso, me pareció que había perdido las ganas de escribir. Definitivamente. Así que paré y me tapé los oídos de dentro para controlar la frustración. De esa manera no podía escuchar nada que me dijera por dentro. Dejé de hablar conmigo misma para cortar el grifo de las palabras. Primero me puse irascible y después me atacó una melancolía leve pero pegajosa que combatí a base de mantras como no quiero escribir cualquier cosa en el blog. Mejor darle una muerte digna. Total, si no me pasa nada interesante, no tengo nada que contar. La verdad es que era como para ponerse triste.

Mientras asfixiaba mi monólogo interior, llegó mi ahijada LuLi. Tiene once años y se está metiendo de cabeza en todas estas cosas de internet. Me escribe correos con lenguaje de SMS y yo me pongo tan contenta de recibirlos que ni siquiera tengo ganas de regañarla. No sé cómo encontró este blog, y en Nochevieja me dijo que no había entendido nada, que yo me estaba dedicando a hablar de un tal Juan Ramón, y que eso no tenía ningún sentido. Que no le interesaba, vamos. En aquel momento terminé de darme cuenta de lo que estaba pasando. Me había dejado atenazar por una toxina que avanzaba deprisa. Más deprisa que la nada cuyos efectos trato de evitar desde hace tiempo. Había perdido la esperanza, y con ello, casi todo lo demás. Y yo no soy alguien que se da fácilmente por vencida. Pero casi me había rendido.

En 2012 voy a seguir vomitando en directo, voy a seguir perdiendo concursos literarios (y el consiguiente dinero para fotocopias), voy a seguir probando pastillas, voy a seguir teniendo cambios de humor (salvo que las pastillas funcionen espectacularmente bien), y salvo que tenga que dejar de ser yo misma para escribir, vuelvo a las Realidades Paralelas.

No sé si lo que siento es alivio o responsabilidad. Pero siento algo, qué leches.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Bravo. No podemos estar más orgullosos.
Qué alegría de regalo!

Anónimo dijo...

Una querencia tengo por tu acento
una apetencia por tu compañía
y una dolencia de melancolía
por la ausencia del aire de tu viento
-Miguel Hernández-

Besos y feliz 2012.
Pedro

kika... dijo...

Anónimo, tu alegría es mía...

... y Pedro, muchas gracias. Feliz año a ti también...

(besos)
K