07 diciembre, 2011

Por qué no me gusta Juan Ramón Jiménez



Lo advierto: mis filias y mis fobias literarias son virulentas. Sobre todo las fobias. No digo con esto que yo tenga un criterio especialmente desarrollado, o quizá ese sea exactamente el problema. En COU me di cuenta de que se podían compartir los odios literarios y que eso unía muchísimo. Y ya como compartas tirria con algún escritor consagrado, te mueres de gusto.

Desde que en EGB leí Platero y yo le cogí ojeriza a Juan Ramón Jiménez. Me pareció un cursi infumable. Años después fui con mi clase a visitar una exposición en la Residencia de Estudiantes sobre un libro inacabado de Lorca y Dalí. Se llamaba Los Putrefactos: putrefactos eran los blandengues, los pesados, los cursis, los que habitaban el establishment literario. ¿Su líder? Pues el putrefacto más putrefacto, el putrefacto mayor del reino: Juan Ramón. Toma ya. Aunque me dijeran que mi fobia juanramoniana era pura envidia, siempre podría contestar que no creía yo que Lorca le tuviera envidia precisamente.

Tardé años en conocer una historia que aún no sé si me reafirmó en la fobia literaria o simplemente hizo que tomara otro cariz. En el colegio me contaron la historia de Zenobia, la esposa de un Juan Ramón que siempre necesitaba a alguien que le cuidara: sus padres, su médico o su compañera. Ese mismo escritor de la tutela constante conoció a la pintora y escultora Marga Gil Roësset. Hasta ahí, la parte de la historia en la que todos coinciden. A partir de ese momento las versiones se bifurcan casi hasta el infinito, así que os contaré la historia como me la contaron a mí en la Universidad.

Marga conoce al poeta y a Zenobia, se interesa por ella y por sus traducciones de Tagore, porque Marga, notable artista a los 24 años, había leído al poeta bengalí. Y después se enamora de Juan Ramón Jiménez. Un amor de estallido, unos dicen que fue porque él la sedujo, y otros porque ella se imaginó que la seducía. Yo siempre he creído en la primera hipótesis, aunque con el tiempo me he dado cuenta de que es irrelevante, porque el amor nos corre por dentro casi independientemente de lo que haga el otro. Basta con su mera existencia.

Quizá sea una parte de ese sentimiento que no a todos nos gusta reconocer. A mí me interesa casi de forma enfermiza ese amor multiplicador pero egoísta, el amor que es vacuna y a la vez medicina.

Estoy segura de que Juan Ramón se enamoró de la fuerza oscura de Marga y después tuvo miedo.

Siempre me pareció que entendí a Marga, que fue capaz de soportar las heridas que le producía cincelar el granito en el que esculpía, pero que no pudo aguantar el rechazo del poeta ni la impresión de haber herido a su amiga Zenobia al enamorarse de Juan Ramón. Tras destruir gran parte de su obra, se suicidó. Su tumba en el cementerio de Las Rozas, ese que queda en el centro de la carretera de La Coruña, fue destruida por una bomba durante la Guerra Civil. Así Marga se borró del todo, hasta de las biografías oficiales. Desapareció.

Muchas veces pienso en Marga, porque me recuerda a mí misma. Enamorarse de la personalidad magnética de alguien cuyo rechazo quizá puede hacerte ver tu desajuste con el mundo. Para alguien inteligente y creativo como lo era Marga Gil Roësset, esa brecha de pronto fue demasiado terrible y no pudo soportarlo. Y así quedó marcada con el estigma del suicidio y la casi total certidumbre de que decidió apagar un futuro prometedor.

Cuando mis sufridos lectores de pruebas comenzaron a leer la versión de Veintidós postales que algún día espero que se publique, todos comentaban acerca de un episodio en el que una mujer, seducida y rechazada de manera poco elegante, tiene una reacción inesperada. Casi todos me comentan lo increíble del episodio, y pocos saben que ocurrió en realidad. Ninguno sabe lo que me dijo el hombre que la rechazó, capaz de sacudirse el recuerdo de lo ocurrido con un comentario poco honroso al respecto de las tendencias depresivas de la chica.

Cuando él me lo contaba, se me apareció claramente la imagen de Marga Gil Roësset. Puede que no nos suicidemos, puede que las consecuencias no sean las evidentes de la destrucción física, pero todos perdemos algo con el rechazo tras el amor.

Igual que aquel día de enero en el que algo parecido me mató algo por dentro. Ahora sé que puede ocurrir. Y que yo también puedo transformarme en un ángel enamorado, todopoderoso y terrible.

Así me imagino a Marga si todo hubiera ocurrido hoy.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Niña, me encanta como escribes. Ya lo sabes.

Andrín dijo...

Una biblioteca de memorias,diarios, biografías, autobiografías y confidencias de escritores o sobre escritores puede llevar al lector a aborrecer la literatura (me pasa), así que ándate con cuidado con lo que lees. Un beso.

kika... dijo...

Muchas gracias, Anónimo...

... y Andrín, lo de JRJ no lo leí en ninguna biografía. No es un género que me guste demasiado. A mí JRJ no me gusta por su obra. Desde el principio la encontré infumable. Buena soy yo para estas cosas...

besos a los dos,
K

Microalgo dijo...

Tengo un amigo colgaísimo que tiene una curiosa teoría aceca del suicidio.

Extiende el brazo izquierdo, con los dedos amarillos del tabaco y dice "antes que tú: la eternidad". Luego extiende el derecho. "Después de ti: la eternidad".

Entonces se encoge de hombros y te dice "¿Pa qué coño tienes tanta prisa?"

ETDN dijo...

¿Todo bien, Kika?

Se te echa de menos por aquí.

Todo lo mejor para 2012, a ver si nos tomamos ese café pendiente.

Un besote