13 septiembre, 2011

Así se fue


este es un ojo de La Confidencial

Los finales anunciados son los más duros. Y a La Confidencial se lo anunciaron lo que me pareció un millón de veces. Primero fue un “quizá no te renovaremos”, que dio el pistoletazo de salida a una agonía que duró meses. Ella estaba preocupada, pero no ponía mala cara. Seguía maquillándose. Cuando yo me vengo abajo, lo primero de lo que me olvido es del maquillaje. Seguía siendo la tipa más elegante del edificio, impasible el ademán, aunque no impasible del todo. Estaba más cansada y el acento se le notaba un poco más triste: se enfadaba a veces con el jefe cuando yo le habría asesinado. Nunca he sabido si fue paciencia o resignación. Me da miedo que fuera lo segundo. La despedida oficial fue rara: fuimos a buscar su regalo en mitad de la lluvia. Recuerdo que me calé los pies y que estaba enfadadísima con todo, porque no quería tener que comprar ningún regalo de despedida, por mucho que hubiera resultado que al final La Confidencial se marchaba a una ciudad de ensueño. De ensueño, pero lejos. Pensé eso y automáticamente me reprendí por estar empezando a parecerme a mi abuela. En aquel momento, la separación se me hacía difícil de tragar y me quedé sola en el edificio.

Los habrá que digan que puede que hayamos vivido demasiadas cosas juntas. Todo se me agolpa dentro en forma de grumos. Aquella boda de la que nunca hablé. Las cuestas de El Rastro. Añicos. Piropos frikis. La taquillera del teatro aquel a la que le explicábamos partidas de la risa una cosa incomprensible acerca de un himno polaco y de la fila tres. Porque teníamos que sentarnos en la fila tres.

Dejé mi antiguo despacho. Ahora estoy en uno en el que se me queman las orquídeas y desde el que no se ve a Ignasi Medina (si no sabéis quién es, aquí está toda la historia). Esta mañana me he sentado delante de la Bolsa a esperarla, como si La Confidencial fuera a aparecer de pronto con sus tacones y con el café en la mano. Esa confusión de la espera me ha hecho darme cuenta de que no hay ni un día en el que no me acuerde de ella y quiera que vuelva, igual de irracionalmente que los niños caprichosos quieren un juguete de la televisión. Un juguete de esos que tus padres te dicen que ya verán si te lo compran, te pasas unas navidades horribles creyendo que no te lo van a comprar y al final aparece al lado de los zapatos la mañana de Reyes.

6 comentarios:

Manu Grooveman dijo...

Precioso...si yo fuera La Confidencial me emocionaría. (seguro que se ha emocionado)

NáN dijo...

Esto se deshace a más velocidad de la que podemos rehacerlo.

Pero que nunca nunca nunca sea por falta de ganas y entusiasmo.

Jaco dijo...

¡Jo! Creo que todos la vamos a echar de menos en mayor o menor medida.

No sé el resto, pero yo no conozco a ninguno de los protagonistas de tus historias, y sin embargo a muchos les tengo un cariño especial :)
Y a ti a la que más.

Un beso

kika... dijo...

Querido Manu:
Se ha emocionado. Pero es que se la debía: desde que se marchó no había escrito sobre el asunto y me hacía falta... Cada día me imagino que vuelve...

besos,
K

kika... dijo...

NáN... ya sabes que a mí no me faltan ganas. Nunca nunca nunca.

(pero a veces las cosas, como tú dices, se deshacen y hay que salir a contarlo)

besos,
K

kika... dijo...

Querido Jaco:
Es verdad. Mis personajes como La Confidencial, Lady K, Queens, la hermaníssima o el Paseante son personajes, pero también personas. No necesito crear nada, casi todo me lo dan ellos. A todos los he querido al menos en algún momento (a la gran mayoría les sigo queriendo), que creo que es la clave de todo...

Un beso,
K