13 agosto, 2011

Si te vienes conmigo…



para el que si me llama, voy
(aunque él no lo sepa)


Jamás me encontrarás dos veces en el mismo sitio. Vivo dulcemente atrapada en mi propio principio de incertidumbre. Mírame fijamente: has captado mi atención. No es fácil. No voy a dejar de moverme, no pienso hacerlo. Te ofrezco volar retorcido entre el viento, no esperar al verano, salir corriendo, volver a creer en las casualidades mientras todo ocurre a tu alrededor. No será por ti, no será a propósito de ti. Puede que ni siquiera sea nada tuyo, pero será. Será absoluto, agotador, incomprensible, asfixiante. Carecerá del ritmo lógico de las estaciones o del día y la noche, cada espacio de veinticuatro horas no será una cereza, que sigue a la otra, que arrastra a la siguiente. No sé si quedará algo cerca. A veces todo va tan deprisa que el mundo entra en combustión y vuelo como una pavesa cerca de un rompeolas, tomando altura con miedo a que me atrape la espuma, y si quieres, nos vamos de la mano a ver cómo me obedece la bóveda celeste y dibuja nuestros nombres. Eso si no te da miedo, porque a ratos soy yo y luego todas a la vez: la odalisca, la ayudante de mago, la traductora de sueños, la mujer que vaga sin nombre. La que te echa encima el pelo y se seca las lágrimas con esa misma melena. Te arrancaré las vendas sin contemplaciones para echarlas al aire mientras te miro. Lo serás todo mientras te parecerá que me quedo sola sin pedirte nada.

Es lo mejor de mí. Y lo peor. Es muy probable que te dé miedo.

No me hace falta nada más. No puedo ofrecerte otra cosa.

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