04 agosto, 2011

Arte móvil

Soy una de esas personas que tienen que escuchar la odiada pregunta cada vez que digo qué es lo que he estudiado:
- ¿Y eso para qué sirve?
- Pues para nada. Para qué va a servir.

Esa respuesta los desarma a todos. La verdad es que estudié dos carreras. Una fue la que elegí bajo el influjo del momento post-selectividad-estoy-perdida-de-la-vida-y-no-tengo-vocación. La otra la empecé dos años después. Allí aprendí lo que según la mayor parte del universo era una sarta de conocimientos inútiles. Según la minoría restante era una buena carrera para jugar al Trivial con una cierta solvencia. A mí me encantaba. Eso sin contar que conocí en esa Facultad a gente como hidden_angel y el Arquero, dos de las personas más maravillosas que conozco.

Como todo buen lugar en el que se estudian cosas útiles para los concursos de la tele, también había una buena dosis de… cómo decirlo… soplapollez. No se me ocurre otra palabra. Las perspectivas para trabajar de algo que tuviera que ver con lo que habíamos estudiado se circunscribían a hacer el doctorado y pelearse por una beca. Eso por aquel entonces suponía hacer mucho la pelota y llamar mucho la atención en las clases. Especialmente en Estética y Teoría del Arte, que era una de mis favoritas. Al profesorado se le ocurrió la brillante idea de que la clase fuera un debate en el que se podía participar aportando tu punto de vista acerca de una serie de lecturas recomendadas. Era el momento perfecto para todos los que querían llamar la atención de sus futuros directores de tesis. El problema es que estaban en la misma clase que yo…

El día en el que tocaba partir de Baudelaire, ocurrió la catástrofe. Nos metimos en la discusión bizantina de que si el arte contemporáneo es o no una estafa. El gran clásico. Allá fui yo:
- Pues en arte contemporáneo hay de todo. Bueno, malo y estafa. Por supuesto. En los museos también hay bodrios del siglo XVII… Por ejemplo: Alexander Calder. Adoro a Calder. Pero los habrá, y en esta clase hay alguno seguro, que digan que eso no es arte…

Mi pasión por los móviles de Calder viene exactamente de hace veinte años. Fui con el colegio a una exposición en el Reina Sofía a la que habían traído las obras maestras de la colección Guggenheim. Por aquel entonces no había museo en Bilbao ni nada por el estilo, y la gente no conocía demasiado a los millonarios coleccionistas de esa familia.

Recuerdo aquella tarde de museo como si fuera ayer. Íbamos a ir en autobús, pero se puso a llover así que la profesora que organizaba la excursión llamó a varios padres para que nos llevaran en sus coches. Mi madre, que trabajaba muchísimo, sorprendentemente pudo venir. Yo iba muy orgullosa de mi madre y de su Renault nuevo – tenía once años, a esa edad se emociona una fácilmente – y finalmente entramos en el Reina Sofía bajo la lluvia y Laloca se puso a explicar.

Laloca era mi profesora de Dibujo. Yo dibujo regular, así que no me encantaba la asignatura. Y si la llamábamos Laloca… imaginaros. Cariño no era lo que le teníamos. Hasta ese día. Creo que aprendí más de arte en una tarde que en todo el resto de mi vida. Aprendí a mirar, a enamorarme de las obras, a rechazarlas visceralmente, a dejar a un lado los prejuicios que normalmente acompañan a los Mondrian o a los Brancusi. Cuando llegamos debajo de los Nenúfares rojos de Alexander Calder, Laloca pidió que sopláramos. Lo hicimos incrédulos – el techo estaba muy alto – y las placas comenzaron a moverse. Primero una, después la siguiente, contagiadas en un balanceo organizado y nada infantil. Aprendí que no sólo se trataba de cuadros y esculturas. Que el arte podía ser móvil. Los nenúfares parecían estar esperando nuestro aliento.

Diez años después de la tarde lluviosa, volvamos a mi clase de Estética. Yo había soltado mi rollo acerca de Calder:
- Un móvil es arte.

Lo malo es que me contestó uno de esos buscadores de becas de investigación. Lo conocemos como Morcy porque se repetía más que el negro alimento:
- Kika, ¿cómo va a ser arte un móvil? ¡Esto es indignante! Aquí estamos intentando tener un debate serio y nos sales con estas…
- Morcy, tú no has pisado un museo decente en tu vida…

Él, cada vez más indignado. No sabéis cómo me puso. Yo, cabreada como una mona. De pronto me di cuenta de que el profesor se estaba partiendo de la risa mientras buena parte de la clase miraba con estupor. Efectivamente. Morcy no se refería a este móvil. Se refería a este.

A veces pienso que el tipo este andará por ahí, investigando, y quizá hasta esté dando clase. Maravillas del sistema universitario…

2 comentarios:

Arquero dijo...

Te prometo que me acuerdo incluso más aún de aquel segundo asalto que hubo en el 14 a propósito de otra discusión sobre otro tema igual de bizantina que acabó con un "lo que pasa es que tú todavía estás pensando en el móvil de Calder".
Jaque mate.

Abrazo bat preciosa.

kika... dijo...

Touchée... no me había acordado de ese momento que volvimos a tener Morcy y yo. Ahí fui más remalísima que Barbara Stanwyck, todo sea dicho...

(je je je... esta soy yo riéndome sola gracias a tu buena memoria)

besos enormes,
K