20 julio, 2011

Malas hierbas

Mi abuelo era un jardinero experto al que casi se le fundieron los plomos el día en el que escuchó por la radio que los ecologistas habían dicho que las malas hierbas no debían llamarse así. La terminología correcta, según ellos, era especies no deseadas. Todos los esquemas fosilizados a base de años arrancando por acá y por allí amenazados por la nueva información.

Cuando era pequeña, mis plantas favoritas eran las malas hierbas. Jugaba a que algunas eran lechugas. Las de hojas planitas y peludas eran los filetes. Con aquellos ingredientes producto de las razzias fitosanitarias de mi abuelo podía preparar cualquier comida y hasta hacerme collares entrelazando los tallos de las margaritas silvestres con los del diente de león. Según fui creciendo, las malas hierbas empezaron a fascinarme de otra manera. A los diez años, mi abuelo me dio un trocito de tierra al lado de su huerto y me dijo que podía empezar el mío. Siempre pensé que no me conocía nada bien porque enseguida entendí que lo que quería era que me interesara por la jardinería, y yo sabía perfectamente que para ser una buena jardinera hace falta paciencia porque las plantas crecen muy despacio. Por aquel entonces ya tenía muy claro que el día que repartieron la paciencia a mí me llegó muy poca y a mi hermaníssima, casi nada de nada. Mi huerto enseguida se transformó en una especie de plantación experimental en la que convivían las ortigas con las lentejas. Con la ayuda de mi abuelo aprendí muchas cosas sobre las malas hierbas. Yo pensaba que eran malas porque le clavaban una especie de raíces chuponas a las plantas buenas para chuparles la savia como si fueran vampiros vegetales, pero enseguida descubrí que no era así. La mayor parte le roban el agua a las demás, y por si eso fuera poco, aprovechan lo que roban para crecer mucho y, si es posible, dejar sin luz a las especies titulares. Algunas son tan listas que se parecen a las plantas deseadas, y cuando te pones a arrancar te entran las dudas, unas dudas irresolubles porque solamente te das cuenta de que te has cargado una planta buena cuando ya la has arrancado. Menuda ruleta rusa. Otras son tan listas que si no las arrancas por completo, son capaces de resurgir a partir de un pelito de una raíz que quede dentro de la tierra o de multiplicarse desde un trozo de hoja como si fueran la hidra.

Desde hace unos tres años, le he cogido afición a ser jardinerita de playmobil. Es raro, porque no me pega, y es más raro aún que me crezcan las plantas. No sé si tiene algo que ver con eso que dice el Lobo de que riego mis geranios, aunque no tengo geranios. He cultivado la paciencia, y la capacidad de sorpresa ante lo que ocurre lentamente. C  dice que una esquina de mi despacho es el invernadero. Tengo tres orquídeas y una planta muy bonita con flores rojas. Y tengo un huerto muy pequeñito que solamente produce frutas y hortalizas en miniatura: fresitas, rabanitos y tomates cherry. Todo es pequeño pero no por cursilería: así madura más rápido. Es una de las pocas trampas que te permiten las plantas.

Por lo demás, sigo arrancando hierbajos y pasando la palmera – una especie de escoba o rastrillo con forma de hoja de ese árbol – y mientras lo hago, pienso y escribo con la cabeza. Me imagino qué habría escrito mi abuelo. Y nunca le habría cambiado el nombre a las malas hierbas.

2 comentarios:

LUISA M. dijo...

Hola, Kika, creo que te debía una visita desde hace tiempo.
Es curioso e interesante lo que cuentas de las malas hierbas y tu forma de contarlo.
Me parece bonita esa afición tuya a la jardinería, aunque sea en miniatura, seguro que a tu abuelo le alegraría. A mí también me gustan las plantas, pero solo tengo unas cuantas y les dedico poco tiempo.
Un beso.

kika... dijo...

Para mí se han convertido en un pasatiempo estupendo y que no se me da demasiado mal (ahora mismo me estoy comiendo unas minifresas de mi minihuerto)...

Me alegro mucho de volver a verte por aquí.

besos,
K