07 junio, 2011

Shibuya Girl (II)

El día que llovió en Tokio no sabíamos si alegrarnos o no. En realidad, no sabíamos si era mejor o peor, si estábamos lo suficientemente lejos como para que no nos cayera encima ni una mota de polvo radiactivo. Recuerdo que estaba contenta porque me gusta la lluvia, y porque a Tokio le pega el gris, por mucho que trate de huir llenándolo todo de lucecitas y de coloridas reproducciones en resina de los platos del día. En la puerta de cada restaurante hay una vitrina con makis de plástico, y ensalada con algas verde chillón para que sepas lo que pides. Así no te pierdes, aunque no entiendas. Sigo pensando en ponerle el pleito a Sofía Coppola, y solamente puedo exculparla si pienso que en Japón es difícil distinguir una farmacia de un club de alterne. Todo iluminado, todo abigarrado, todo lleno de kanjis incomprensibles.

Vamos a Shibuya, por favor, aunque no sé lo que es. Los trenes transitan bajo los rascacielos mientras cogemos el shuto, una especie de autovía elevada que parte la ciudad por la mitad. Dice mi compañero de viaje que yo podría ser feliz aquí. Que él lo fue, y mucho, pero al lugar donde fuiste feliz nunca debes tratar de volver, le digo.

Shibuya es una especie de cruce de caminos presidido por monitores de televisión que escupen anuncios las veinticuatro horas. Todo estaba algo más apagado de lo normal por las restricciones originadas por el terremoto, pero aun así me pareció extrañamente alegre, un bullicio feliz de su propia extravagancia, un amasijo de pasos de cebra y salidas de metro. Y, por fin, las chicas de Shibuya: las lolitas góticas, las que cruzan la calle como si se deslizaran sobre sus plataformas, las que han castigado su pelo hasta límites cercanos a la tortura con tintes y moldeadores. Las maquilladas, las ultramaquilladas, las que tratan de borrarse la cara.

Preside Shibuya desde su esquinita la estatua de Hachiko, el perro fiel que esperó a su amo durante diez años. El profesor Ueno lo dejó solo en Shibuya, y la ciudad de Tokio lo alimentó todo ese tiempo. El propio perro acudió a la inauguración de su estatua.

Mientras, veo a un cyborg comiendo espaguetis al lado de varios parroquianos. Es el momento de volver a casa.


(y aquí no para de llover, como diría Patricio B.)

7 comentarios:

Darthpitufina dijo...

Wow, qué viaje!

Una sonrisa cielín!

Anónimo dijo...

Si Shibuya te impactó, deberías ver Harajuku. Allí las chicas van con radiación de serie.

Un beso muy grande, Hada.

Lobo-san

kika... dijo...

fue un viaje estupendo, Darthpitufina...

... y Lobo-san, no sé si estoy de acuerdo. Las de Harajuku son más guapas, sí, vale, lo compro, pero las chicas de Shibuya son las que le dan el colorín al centro de Tokio... (ahora, en Harajuku, unas tiendas que no veas)

besos de Kika-san

Rafa Cañas dijo...

hmmm, dame 3 segundos y media excusa, que me encanta jugar a esto

¿sensaciones de momentos extraños? pues ahí va una banda sonora probable http://youtu.be/dQXZS_vbwBw

Besos
Rf

kika... dijo...

Es muy japonés esto de los lazos en los ventiladores (me encanta el tema)...

Allek dijo...

hola como estas? pasaba saludándote vi que escuchas a Marwan..
saludos..

kika... dijo...

Hola Allek: sí, escucho a Marwan...

un besito
K