21 mayo, 2011

Apretando los dientes

Hace más o menos quince días mi madre y yo estábamos paseando por el Retiro y unos chicos se acercaron a darnos unos papelitos. Nos gustó que nos los dieran, porque hacía unos días, paseando por el centro, un chico que repartía pasquines de un partido decidió no dárnoslos. Se le notó mucho que nos juzgaba por el aspecto, y yo no sé que aspecto tiene que tener alguien que vote por esos, pero está claro que nosotras no cumplíamos el canon. Poco después, en la glorieta de Bilbao los folleteros del otro partido hacían lo mismo.

- Es que te notan que eres una ácrata – me decía mi madre, matada de la risa.

Yo creo que tiene razón. Se me nota que paso del politiqueo. Lo que pasa es que yo paso de forma activa: siempre voto, me cago en todos los gobiernos sin distinción, porque me parece que en cuanto llegan al poder se les borra automáticamente la vocación de servicio y se dedican exclusivamente al autobombo y la autosalvación. No importa lo bien o lo mal que lo hagan, porque el truco consiste en que no juegan en las mismas condiciones que todos los demás. Tienen las cartas marcadas y como dice El Último Superviviente, su clave es apurar los tiempos. Apurar los tiempos y apretar los dientes, porque eso tiene premio entre nuestra clase política. Entre la macroclase y la microclase: da igual que seas presidente del gobierno que parlamentario autonómico, líder de la oposición o concejal. Todo consiste en aguantar el tirón y después cobrar tu premio. Es así de sencillo. Así de lamentable. Y como comentaba ayer con El Santo y La Confidencial, eso que algunos llaman el sistema (creo que llamar sistema a una panda de impresentables es una exageración) se mantiene porque hay interesados en todas partes: algunos colaboran a sabiendas, otros muchos lo hacen por omisión. No se trata solamente de la cúspide, sino que en cualquier nivel hay alguien que le debe algo a alguien. Le debe la posición que ocupa, o el hecho de haberle pasado por delante a otro. Eso hace muy complicado cambiar las cosas. Quedarte sin algo que te corresponde por no conocer a alguien o por no haber hecho la pelota a tiempo o porque no te deban un favor es muy duro. El nivel de frustración es incomparable al que genera cualquier otro tipo de injusticia. No sé si el hecho de no deberle nada a nadie es capaz de aliviarlo. Yo no soy perfecta, así que a veces lo consigo y a veces no.

Mientras, en alguna parte, alguien aprieta los dientes.

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