05 abril, 2011

Shibuya Girl (I)

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He estado a punto de denunciar a Sofia Coppola por daños morales. Me fui a Japón pensando en que iba a ser un remedo cutre de Scarlett Johansson en Lost In Translation. Cuidado, que lo de cutre, como veis, ya lo tenía claro. No tengo las pintas de una estrella de cine por mucho que mi madre diga que si me hacen un biopic la mejor protagonista sería la chica esta rubia de los morritos. Por lo menos saldría pechugona. Algo es algo.

Pensé que Tokio sería un lugar terrible y que me vería inmersa en una mezcla de post-terremoto, post-tsunami y radiación ambiental con música pop de fondo. Me daba un miedo terrorífico el país, pero no por todo eso, sino por el síndrome de Charlotte. Así se llama la protagonista de la película de la Coppola, la chica que necesita urgentemente que alguien traduzca su mundo para así poder entender algo de Tokio.

Tokio es enorme porque no hay edificios medianeros. Bueno, en realidad no estoy segura de si es por eso, pero fue el primer detalle que me llamó la atención. Los rascacielos y las casitas – hay edificios de todo pelaje y condición – nunca se tocan entre sí. Así pueden oscilar tranquilamente en caso de terremoto y no se derrumban tirando los unos de los otros. Aunque el espacio entre ambos sea mínimo y apenas quepan los contenedores de la basura, no se tocan. Quizá los japoneses sean un poco así. No se tocan demasiado. Pero no me pareció ridículo. Siempre pensé que el guión de Lost In Translation se reía de alguna manera de los japoneses. Puede que sean difíciles de comprender desde la óptica de un europeo, pero no más de lo que me lo resulta un habitante de Abidján o de Tashkent.

Cuando el avión realizaba la aproximación hacia el aeropuerto de Narita, una azafata japonesa se me acercó y me preguntó si tenía algún vuelo de conexión hacia algún otro destino asiático. Le dije que no. Que me quedaba en Tokio y no sabía hasta cuando. Me dio las gracias por visitar su país y me dijo que no tuviera miedo.

- Podrías dejar el bolso en la mitad del paso de peatones de Shibuya, volver a la media hora y nadie lo habrá tocado.

Era cierto. Me costó entender la clave, pero creo que lo logré. Desde la ventanilla del avión vi que la costa japonesa es muy plana, y por lo tanto, hay muchos lugares susceptibles de ser barridos por un tsunami. Pero también vi que es un país muy montañoso. No hay demasiados buenos sitios donde emplazar las ciudades. No se nota en Tokio, pero hay falta de espacio. Eso condena a vivir muy cerca de los demás, pero sin tocarse. Como los edificios. Por eso no hay papeles tirados por la calle, ni la gente habla demasiado alto, ni la gente lleva paraguas de colores chillones que puedan distraer a los demás. Las aceras de Harajuku, los Campos Elíseos de Tokio, eran una fila interminable de paraguas de plástico transparente que se llevaban con exquisito cuidado para no agredir al de al lado.

El respeto tiene una parte negativa, por supuesto, como todo lo que se lleva al extremo. Cuando una chica japonesa trata de subir el carrito de su bebé por las escaleras del metro, el resto de la masa sube y mira al frente. Actúa como si no estuviera allí. Muchas veces, quien ayuda a la chica es alguien occidental.

Mañana, más, que se me está yendo la cosa de las manos y aún ni os he contado qué es una Shibuya Girl.

4 comentarios:

hidden_angel dijo...

Pues habrá que estar atentos a tu blog en las próximas jornadas, que lo de Japón promete!

Darthpitufina dijo...

Me he quedado con las ganas de saber qué es una Shibuya girl... te espero impaciente!

Rafa Cañas dijo...

entonces, de la que estás yendo y volviendo, me cuelo en tu casa de pantallas y te devuelvo la visita

pisa dos letras ... y salta

kika... dijo...

hidden_angel... contaré un poquito más de Japón, aunque ya te advierto de que no me dio tiempo a ver mucho...

darthpitufina... esa duda la resolveré enseguida...

Rafa... bienvenido... a ver si entre carrera y carrera (estoy impresionada por la temporada que tienes por delante)te da tiempo a pasarte por aquí. Y nunca se sabe, a lo mejor estoy en el puesto de avituallamiento repartiendo botellitas de agua (es una de mis profesiones soñadas)...

un beso a cada uno,
K