12 diciembre, 2010

Matarile, rile, rile



Entre las diversas – no muchas, pero sí variadas – neurosis que me adornan se encuentra el miedo a perder las cosas. Es el único aspecto de mi desorden vital que aspiro constantemente a ordenar. Antes de salir de casa repito la letanía de la hermaníssima: dinero, móvil, llaves. Mis peores pesadillas son objetos personales de diversa condición olvidados en habitaciones de hotel, apartamentos de alquiler o probadores de grandes almacenes. He dicho que era el miedo a perder las cosas, pero no es exactamente así. En realidad es el cabreo que invariablemente me asalta por haberlas perdido. A veces es porque creo que son insustituibles. Las más, porque me siento estúpida, qué le vamos a hacer. Me fastidia haber tenido cuidado y con todo y con ello, no ver recompensada tanta precaución. O no haberlo tenido habiendo podido tenerlo. Como todo desajuste más o menos mental, la cosa, así contada, quizá no tenga demasiado sentido.

Creo que hay pocas maneras de pensar que nos vengan predeterminadas desde el nacimiento, así que esto es una conducta que he adquirido a través del tiempo. No lo sé, pero recuerdo vívidamente un objeto casi perdido, que me hizo pasar una de las peores noches de mi vida. Por primera vez, mis padres decidieron que mi hermaníssima y yo durmiéramos juntas y solas en una habitación de hotel. Llamarlo hotel sería injusto: era un castillo precioso con un baño en el que los azulejos hacían un dibujo de flores que parecían crecer alrededor del espejo. No sé cuántos años tenía, menos de diez, seguro. Después de cenar, me di cuenta de que me había dejado mi peluche en casa. Era un Snoopy descolorido que perdía borra por una de las axilas y yo siempre dormía con él. Mi madre me dio una almohada del armario y me dijo que la abrazara, que sería igual. Pero no. Pasé buena parte de la noche totalmente aterrorizada sin poder dormir, y al final tuve que ir a la habitación de al lado para pedirle a mi madre que me dejara dormir con ella. Sin embargo, como la había despertado, me dejó a dormir con mi padre y ella se fue con la hermaníssima.

Aquella noche decidí que no volvería a perder nada. Y que siempre haría mis propias maletas. La segunda, tardé unos años en lograrla. La primera no la he conseguido. Por mucho cuidado que ponga.

No encuentro las llaves del despacho por ninguna parte. Me siento perdida sin mi peluche dentro de una rima infantil. Matarile, rile, rile.

3 comentarios:

Capitan de lo Niños Perdidos dijo...

Todos los niños crecen, excepto uno. No tardan en saber que van a crecer y Wendy lo supo de la siguiente manera. Un día, cuando tenía dos años, estaba jugando en un jardín, arrancó una flor más y corrió hasta su madre con ella. Supongo que debía estar encantadora, ya que la señora Darling se llevó la mano al corazón y exclamó:

-¡Oh, por qué no podrás quedarte así para siempre!

Minuet dijo...

Me encanta tu entrada Kika... me apasiona.

Hablas del "objeto de vínculo", todos hemos tenido y algunos afortunados, aún lo conservarán, ese objeto de vínculo, que cuando lo pierdes o te lo arrebatan, es cuando alguien sabio, -pero cada día pienso que mas pragmático y cruel- dijo que es el momento de madurar, de despegarse...

Tu perdiste tu osito, tu objeto de vínculo, perdiste a Snoopi.

Mi objeto de Vínculo se llamaba "Cayetano", era un oso marrón, con ojos cosidos, sin lazos ni nada, pero para mi era "mi TODO". Una prima mía, vino de visita, era dos años mas pequeña que yo, yo tenia 6 años..y se encapricho de Cayetano, tanto, que mi padre acabó arrebatandomelo de las manos y regalandoselo a mi prima, ante mi impresionada mirada...no pude soltar una lágrima.. perdí mi objeto de vínculo...pero sin embargo, me negué a pensar que era el momento de madurar..

Como siempre, los pelos como escarpias.. perfecto.

Mi querida K, te echo de menos por mi blog, ahora necesito palabras que me inunden, palabras, palabras..

Un besazo de los que nunca se pierden...

kika... dijo...

Minuet, voy a verte...
ya!