22 noviembre, 2010

Me acuerdo de ti



Colecciono historias y después las cuento. Al principio lo hice como un ejercicio en el que el cerebro se estiraba y tomaba una terapéutica distancia de la realidad, pero no logré lo que quería. Aunque ahora que lo pienso, quizá quisiera exactamente lo que conseguí. Mis historias forman parte de mi vida y una parte de mi cabeza trabaja constantemente en segundo plano removiendo vivencias y mezclándolas unas con otras, como si de una trituradora de pasta de papel se tratara. Por eso a veces salen ordenadas y otras, desesperadamente revueltas.

Después de coleccionar, vino el afán de comprender. De alguna manera, supongo que lo que se comprende se controla y así la vida nos da sorpresas, pero no tantas. He abandonado esa pretensión. Ahora sé que no podemos comprenderlo todo. Como mucho, le ponemos muletas a lo que pensamos y así cuadran algunas cosas.

Ayer por la tarde estuve de visita hospitalaria. Mi trabajo hace que cada día le pierda un poco de miedo a la muerte y le gane terror a esta especie de purgatorios médicos. Me horrorizan. Me dan un miedo terrible, un miedo como de niña pequeña a la que se le ha derretido el helado y se ha manchado de chocolate el vestido a cuadritos rosas y rosas. Los niños no tratan de entender, pero a la vez tienen una capacidad de ignorante comprensión, una intuición de brutales proporciones que hace que se ahoguen un momento y respiren el segundo siguiente sin necesitar eso que se desplaza más rápido que la velocidad de la luz: la autojustificación.

No sé cómo se estropean los cerebros. Aparentemente les da un ictus, se mueren un poco, es una lotería macabra qué va a quedar afectado: el habla, el movimiento de la mitad del cuerpo, los reflejos más animales o la memoria. Mi madre dice que este hospital está muy bien, tengo entre las manos una caja de pastas de té y me duelen las tripas y el corazón de los nervios. Quizá un poco los ojos. No soy una roca como ella. Mi madre no tiene miedo. Si lo tiene, no lo demuestra. A mí el pasillo recorrido por viejecitos con andadores parece pasarme una factura emocional de todo lo que dejé de hacer.

Desde la cama, dice que se acuerda de mí. Que sabe quién soy. Y entonces vuelvo a ser la niña que trata de terminarse el helado enorme mientras chorrea por el vestido, y entiendo sin comprender.

La sensación me es familiar.

Supongo que al final no estoy tan obsesionada por entenderlo todo.

16 comentarios:

ETDN dijo...

Ánimo. Los hospitales siempre deprimen, ya vayas de visita, a consulta o para pasar una temporada.

Un besazo

kika... dijo...

Es verdad, ETDN. He pasado de que me dieran un cierto asco a que me invada el mal rollo cuando entro...

besitos
K

Elena Lechuga dijo...

El miedo a la muerte lo tienen los que están vivos. El resto son muertos vivientes o suicidad en potencia.
Besos Kika

Lara dijo...

Qué sensación de escalofrío, K.

Minuet dijo...

Interesante la entrada.
Kika, lo que ocurre cuando entras en un hospital es que "conectamos con nuestras debilidades" como se dice en psiquiatría "conectamos con el cadáver que todos llevamos dentro".
No es otra cosa que el espejo que nos muestra que nos puede ocurrir, y no es miedo a la muerte, suele ser "miedo al sufrimiento".. la muerte es el fin, sin más, lo que nos da pánico es el tener que sufrir o ver sufrir, y hay una cosa mucho más importante en tu entrada y es a la conclusión que llegas, "ni podemos comprenderlo todo, ni debemos comprenderlo todo, porque ademas de nada nos valdría si pensamos que comprendiendo todo, lo tendríamos todo controlado y no tendríamos miedo".
Debemos vivir el "libre albedrío" y disfrutar; los hospitales, tan solo son el escaparate de nuestros miedos, cada uno, del suyo..simplemente eso...y el "respeto" que se siente al entrar en ellos es una señal de que, no sólo estás vivo, sino de que "te importan tus semejantes"

Me encantó la entrada, besazos de una mujer que "vive" en los hospitales.

elchicoquequeriaserbreteastonellis dijo...

Me acuerdo de cuando me viniste a visitar a mí al hospital. Me hizo un montón de ilusión y nos alegraste la tarde con tus historias -creo que era lo de Haití por entonces, ¿puede ser?- :-)

Un besazo,

Guille

kika... dijo...

Elena... y yo estoy vivísima. Empiezo a tenerle menos miedo a la muerte (a la propia, a la de los que quiero le tengo pavor)...

besos,
K

kika... dijo...

Lara... pues que tú me lo digas me vale doble... no sé si me explico...

besos enormes en llamadores de ángeles,
K

kika... dijo...

Minuet, es eso exactamente. Es la comprensión inexplicable e incluso ignorante a la que se llega cuando se ve claro, aunque no se entienda, alguno de los misterios de la vida...

¡besos hospitalarios!
K

kika... dijo...

Guille querido:
Era lo de Haití, sí. Recuerdo que llevaba un montón de días seguidos trabajando y me puse a contar chorradas (espero que el resto de los visitantes no se asustaran).

Si te pones malito, que espero que no, venceré mi fobia hospitalaria e iré a contarte todas las historietas que hagan falta y tú tendrás que reírte despacito para que no se te salten los puntos.

Kika como hermana visitadora, no tiene precio... jajajja

besos, besos, besos
K

trovador errante dijo...

Kika, yo me quedo como Lara.

Un abrazo,
Kike

Anónimo dijo...

El año que pasé sobreviviendo en Bari tuve la suerte de topar con este local llamado "La Storia Vecchia Del Sud",
el lugar me fascinó, cada mesa tallada a mano era completamente distinta de la anterior y del techo colgaban postales
enviadas de todas las partes del mundo. Solía acercarme con un par de españoles después de cenar, hora a la que nos
reuníamos todos los proyectos de poetas, revolucionarios, alcohólicos y demás farsantes de la zona; en ningún otro
sitio en el sur de Italia encontré el ambiente que allí se generaba. Así, a las pocas semanas, entre cervezas y
discusiones políticas, conocí a Paolo, el que a la larga se convertiría en mi mejor amigo y confidente; justamente
hablábamos de la muerte y el defendía la postura de que había que pensar en la muerte, mirarla de frente y sentirla
cercana. Ese mismo día, antes de retirarnos a nuestros escondites, sacó de su bandolera un envejecido ejemplar del
"Sostiene Pereira" de Tabucchi para dármelo.

La siguiente frase aun sigue subrayada en las primeras páginas:
"..E lui, Pereira, rifletteva sulla morte. Quel bel giorno d'estate, con la brezza atlantica che accarezzava le cime
degli alberi e il sole che splendeva, e con una città che scintillava, letteralmente scintillava sotto la sua finestra,
e un azzurro, un azzurro mai visto, sostiene Pereira, di un nitore che quasi feriva gli occhi, lui si mise a pensare
alla morte. Perché? Questo a Pereira è impossibile dirlo..."

Lo cierto es que casi nadie se para a pensar en la muerte, continuamente se mueren cosas a nuestro alrededor y a pesar
de ello, es como si no fuese visible, como si no supiesemos apreciar la muerte de las cosas, la muerte física y la
muerte meramente metafórica. Sin embargo, lo que Paolo no supo nunca es que yo ya pensaba en la muerte, he pensado en
la muerte durante días que se hicieron años, y al final he llegado a apreciarla. A mi adolescencia vi morir poco a poco
a mi madre, aunque ya no era ella, sino un saco de huesos alimentado con morfina; la muerte se hizo esperar mucho en
una batalla en la que mi madre hacía tiempo había sido sentenciada, y de cuya anterior felicidad y energía solo restaba
una falsa y alucinógena sonrisa producida por los calmantes. El 24 de octubre del 2000 la vi morir, o más bien morir del todo, se fue
sonriendo y yo estaba solo en aquella inmensa habitación impoluta, solo y diminuto mirando fijamente la muerte, aliviado
y profundamente triste, intentando grabar cada instante de aquel último esbozo de su preciosa sonrisa, y empezando de cero.
Aquel día maduré de golpe, nunca piensas que estas cosas te puedan ocurrir a ti, pero ocurren constantemente a la gente
con la que nos cruzamos en la calle o nos rozamos en los pasillos de locales nocturnos. Así, supongo que la muerte
ha forjado quién soy y por ello de vez en cuando, como Pereira, me paro a pensar en ella.
He cogido pavor a los hospitales, huelen a lágrimas y muerte, han pasado los años pero cada vez que entro en uno vuelve
esa vieja sensación de rabia, siento que el niño que fui me mira en silencio desde lejos como si no entendiese nada...
no sabría tampoco qué decirle.

Un abrazo de un lector anónimo.

NáN dijo...

«Voy a decir una obviedad: para mí, lo natural es la vida [...] ¿Cómo acostumbrarse a lo que nunca nos sucede sino una única vez y en el último instante? [...] No puedo acostumbrarme porque no lo entiendo. Y es que lo natural para mí, lo que me es consustancial, es la vida».
Chantal Maillard.

Es rotunda, esta mujer. Pero en esa rotundidad y des-acostumbramiento entra anular las propias sensaciones y dejar que el otro o la otra sientan el fluido de cariño.

Y no hay más historia en esta historia.

kika... dijo...

querido trovador... un beso grande!

kika... dijo...

Querido lector anónimo:
Me he emocionado con tu comentario. De hecho, he tardado horas en digerir ese mismo entendimiento infantil e ignorante que sobreviene en estos casos. Me siento honrada de que algo te haya llamado por dentro y te hayas decidido a escribir.

Por eso sólo puedo darte las gracias.

Muchas gracias, lector anónimo.

besos
K

kika... dijo...

Efectivamente, NáN, la historia es ir, sonreír, dar la mano - si el enfermo es Guille Ortiz le gustará si añado alguna parida de esas que cuento - y vivir.

besos
K