07 junio, 2010

Ni para envolver el pescado

En mi trabajo, leo con frecuencia cosas que no entiendo. Yo digo que son informes que no sirven ni para envolver el pescado. El pescado merece entender lo que se dice. Algunos textos son obtusos porque quien los ha escrito no ha sido capaz de hacerlo mejor. Se le nota el esfuerzo de alumno aplicado con el lápiz que perfora el papel, la goma de borrar embarrándolo todo, la insatisfacción del que sabe que no le comprenderán, pero que no puede hacer nada más por evitarlo.

Otros son deliberadamente oscuros. Me cabrean, porque para ocultar bien sobre el papel, es mejor ser sencillo. Evitar, rodear, circunnavegar. Llenarlo todo de tinta de calamar, de palabras enmarañadas y de estudiado desorden no sirve. Creo que hay que saber escribir muy bien para engañar: pero claro, tampoco se espera que haya literatura en los documentos oficiales.

Esta tarde, estaba leyendo el prospecto de cierto medicamento y me moría de risa yo sola. No entendía nada. No Me Llames Así me decía que no me leyese nada, que empezara a tomármelo y fuera viendo. A mí me parecía peligroso tomarme la medicina sin haber leído cómo se tomaba: las pastillitas azules, las pastillitas blancas... aquello parecía una discoteca. Y yo en el centro, malentendiendo las instrucciones.

Cuando no entiendo, no me bloqueo. Me cabreo. Pero por primera vez en mucho tiempo, no me he cabreado con el prospecto, ni he dicho lo de envolver el pescado, solamente me he reído.

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