13 mayo, 2010

Las cosas que no pude responder*


Conducía de vuelta a casa desde el trabajo y pensaba que Madrid estaba difícil de tragar, a ratos lluvioso con retales de sol, generalmente nuboso de polvo y asfixia. Se me atascaba la ciudad en la glotis, disfrazada de cáscara vacía en cuyo interior simplemente vivo.

Cualquiera con buen juicio me diría que todo lo que me ha pasado últimamente es como para relativizar y que todo de te dé igual. El problema es que cuando relativizo me sale una especie de mansedumbre conformista acelerada que me hace decir cosas que yo nunca diría. Al no reconocerme en mis propias palabras, termino mirándome al espejo y asustándome del reflejo.

Así que no voy a relativizar. No voy a relativizar que una amiga mía lo está pasando mal, y me ve pasarlo mal a mí, y me da miedo que con mi desencanto queme algo de lo que ella quiere hacer. También me da un miedo egoísta pero enorme que me deje sola, aunque siempre haya alguien que esté empezando a saber leerme la cara y me diga que me estoy viniendo abajo, que se me nota. Y yo no sé si en el fondo quiero que se me note para que el día en el que mande muchas cosas a la mierda (sin relatividades) nadie se sorprenda.

De momento, entre tanta cosa sin respuesta, he decidido que voy a volver a escribir, ya no sé si para hacer terapia o gritar un poco. Vamos a ver qué tal va. También voy a retomar la poesía, que es lo que más me cuesta y lo que voluntariamente tenía aparcado para evitar tomarle mal rollo si me salían bodrios. Voy a hacer hasta alguna cancioncilla.

Creo que de mí nunca quedarán los trozos.


* el título del post es de una canción de Marwan (que es la que sale cuando se hace clic en el enlace, después de un parlamento marwanero de casi un minuto, porque Maru es como yo, cuando se pone, habla)

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