17 mayo, 2010

Hacker

En un trabajo que tuve, una vez nos atacó un hacker. No sé cómo son los piratas informáticos. A ratos me los imagino parecidos a Robin Hood, decididos a jorobar un poco a las empresas para que los empleados puedan irse a la calle a tomer un café, que ya les toca. Otras veces los veo en mi mente sentados en un cubil sucio y oscuro, robando los números secretos de treinta millones de tarjetas de crédito. Me han contado que incluso hay hackers que se dedican a atacar a quien les contrata con el fin de buscar algún tipo de fallo en la seguridad informática de sus clientes. Habrá de todo, digo yo.

Prefiero pensar que alguno, aunque sea una minoría irrelevante, se mete por los vericuetos digitales por casualidad, sorprendido de que sea tan fácil, y llega al servidor central poniendo cara de niño pillado en falta, con la mano en un frasco de mermelada.

Aprendí que a veces, para acabar con el pirata, sólo queda cortar la luz. Apagar a la fuerza todos los ordenadores. Hacer que pare. Aunque el reinicio esté lleno de mensajes de error y nadie sepa a ciencia cierta hasta dónde han llegado los daños.

Más o menos como en la vida.

Hace poco me vi obligada a cortar la corriente que había entre una persona y yo. Le pedí que se fuera. Fue una buena decisión, no por él en concreto, porque creo que era alguien que merecía la pena, así, en abstracto, sino por mí. Empiezo a estar preparada para hablar de algunas cosas. Todavía no estoy preparada para hacer algunas cosas.

Me imagino la cara de mi hacker cuando vio que corté la corriente. Sabe que puede volver a crearla, pero sólo mira a la pantalla negra, quizá niega lo evidente, abre la puerta y huye. Hacia adelante.

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