13 diciembre, 2009

La próxima vez que mienta

Para Lara,

Miguel

y María.


La próxima vez que mienta diré en mi trabajo que por fin he aceptado ese puesto en África. Aquel en el que nadie te vigila porque el jefe más cercano está a tres mil kilómetros. Embalaré los libros, los discos y la ropa en cajas de cartón estriado, prepararé la mudanza y compraré latas de sardinas para un año entero, por si acaso allí no hay. Las latas importan mucho en África: si me la imagino de alguna manera, es como un continente donde el aluminio no brilla en los mercados y la gente llora por no tener un triste berberecho que llevarse a la boca. Enviaré a alguien a despedir el contenedor de mi vida en el puerto, mientras yo saco un billete de avión con múltiples escalas: mi madre tendrá que llorar en el aeropuerto. Sus lágrimas serán de mentira, pero sólo se darán cuenta los que saben que casi nunca llora.

Mientras, yo cogeré el coche sin guía de carreteras y me iré a esa esquinita donde terminan las casas y empieza el prado, con las Machotas al fondo, donde no hay casas modernas de ladrillo bicolor. Por todo equipaje, una máquina de fax que esconderé debajo de una mesa. Cada día, me inventaré las noticias de mi destino africano: resultados electorales, guerras y firmas de convenios, y las transmitiré cumplidamente sin que nadie sepa que en realidad estoy acurrucada debajo de un mueble mientras el atardecer se filtra por alguna ventana a mil ciento cuatro metros sobre el nivel del mar. Creo que con enviar algo una vez a la semana será suficiente. El resto del tiempo lo dedicaré a robar libros de las casas en las que alguien se haya dejado la puerta abierta, a coser sombreros de colores que me pondré para llamar a los perros en la calle desierta y a escuchar fados.

Todo olerá a ciruelas,

a cera de velas,

a té de violetas,

a incienso.


Cuando se me terminen las ideas buscaré a alguien a quien le queden, y le pediré que me preste a su Menuda con dientecitos - en los pueblos la gente se presta las cosas, o eso me han dicho - para convertirla en una líder de la independencia de ese país africano o en la primera persona que fundase allí una fábrica de latas de sardinas.

La crónica de un país olvidado inventada bajo la mesa del pueblo.

La próxima vez que mienta, seré indómita y ficticia, y os recibiré a pedradas en la cuesta que conduce al pueblo. No pienso pedir perdón, porque una mentira así merece la pena mantenerla.


8 comentarios:

Lara dijo...

¡¡¡Desde luego que vale la pena manetenerla!!!

Un beso enorme!!!!!!!!

trovador errante dijo...

Buenísimo rubia.

"Enviaré a alguien a despedir el contenedor de mi vida"...y los perros, las piedras, los olores y la música triste...

Rebueno.

Un abrazo

Anónimo dijo...

Es realmente bello, Hada.
No te rindas.

Anónimo dijo...

Vete donde te lleve "el destino", y nunca mejor dicho, pero sigue escribiendo, no nos dejes aquí plantados.

Andrín

Nares Montero dijo...

Burumburu nos espera... rabiosamente naranja!

Enorme saddestgirl, enorme!

Besazos!
N

kika... dijo...

Gracias a todos!

Es un cuento que se basa en un día con unos protagonistas de lujo...

Lara... como no tengas cuidado, me quedo a vivir debajo de una mesa!

Trovador... me imagino mi vida marchándose en el puerto, y yo pensando en mentir para sobrevivir, o para vivir...

Lobo... aguanto. Como puedo. Gracias a mucho. Gracias a casi todo.

Andrín... como le dije una vez al Paseante, yo nunca me voy de donde quiero estar...

Nares... ¿pero tú te atreverías? Que la propuesta es de la gordas, como la de la calefacción (je je)...

besos
K

NáN dijo...

Muy requetebién.

Yo haré de piedra. Sé hacerlo estupendamente.

Nares Montero dijo...

y tú, te atreverías????

nena mi enajenación no tiene límites!