24 noviembre, 2009

Vacaciones en Tetuán


quiero volver a ver nadar a los patos
al lado de tu barrio
ya me cansé de estar con cuerpos extraños
estaba equivocado

falto de domingos soleados
todos congelados

hey.. no hay mucho que hacer
aparte de estar despiertos en la cama
hey… no hay mucho que hacer
ya pueden caer las torres de Manhattan

Torres de Manhattan, Quique González


Hace unos dos años suspendí la oposición por la que me pareció la enésima vez. El embarazo sietemesino de nervios llevado casi hasta el final, sin conseguir que llegara a término. Fue injusto, como deben serlo algunos suspensos, aunque en el fondo daba exactamente igual porque el proceso volvía comenzar. Eso era lo peor. Irme de vacaciones en diciembre, totalmente quemada, y retomarlo todo un mes después. Prefería – y sigo prefiriendo – la época de estudio, que era paradójicamente el momento en el que podía dedicarme a hacer lo que me daba la gana.

Odiaba las vacaciones porque eran en un mes helado y nunca tenía dinero para irme a ninguna parte. Pasaba de pedírselo a mi madre, así que me quedaba en Madrid, haciendo nada, sin coartada. Eso cuando no me tocaba cuidar a mi abuela, que siempre se ponía enferma en esas señaladas fechas en las que sólo la hermaníssima y yo estábamos en casa.

En medio del tedio vacacional, recibí una llamada curiosa. Alguien me invitaba a cenar… para que le arreglase el ordenador. No tenía otra cosa que hacer, así que fui. Sorprendentemente, la reparación se fue prolongando. No había prisa, vimos una película, bebimos algo, él fumaba y parecía contento, yo estaba sorprendida y adormilada, como si acabara de conocer a mi estrella de rock favorita y me hubiera invitado a ver El viaje de Chihiro. Nada tenía demasiado sentido, justamente como a mí me gusta.

Él trabajaba poco y yo decidí irme a pasar las vacaciones a su barrio.

Sabía que era uno de esos hombres que daban mala suerte, así que cada vez que le veía me tocaba un botón como si la textil jaculatoria fuera suficiente para protegerme. En realidad no lo necesitaba, porque todo me daba exactamente igual, por mucho que fingiera lo contrario. Escribí mucho, vi nacer poemas, pasé noches en blanco y tardes al trasluz.

También lloré, y quizá él pensó que me hacía un favor diciéndome lo que me hacía llorar. Aún creo que opina que tanto baño de verdad me vino bien. Pero recordemos que no me importaba. Todo me daba exactamente igual.

No era un escenario idílico. Ni falta que hacía.

Es curioso, pero de lo que mejor me acuerdo es de los trayectos en coche. A veces me escoltaba, otras se reía en el asiento del copiloto, dejando su olor enganchado en la tapicería. Ya no me acuerdo de demasiadas sonrisas. Sobre todo oigo carcajadas dispersas, y una voz en mitad de la noche que me preguntaba que si se iba a morir. Ni se te ocurra hacerlo antes que yo, le dije. O aquello de ahora soy la envidia de muchos.

Hubo un momento en el que hasta pensé que me enamoraba y no sabía que estábamos sacudiéndonos la soledad.

Pasar las vacaciones al lado de casa sirve para dar un paseo hasta la puerta del infierno.

Pero lo recuerdo con cariño. Lo que son las cosas.

4 comentarios:

Liedchen dijo...

Jolin Kika, que bonito texto. Gran texto...

Un abrazo

carmen.-

kika... dijo...

muchas gracias, Carmen... la verdad es que fue una historia acerca de la cual sólo había podido escribir indirectamente, y ahora he logrado contarla (más o menos)...

lo importante es que te haya gustado...

muchos besos
K

Anónimo dijo...

Sacudir la soledad como sacudir un mantel. Hermoso ver que, al menos, latía algo...
Un beso de botón.
L y M.

kika... dijo...

Latía mucho. O todo. Todo lo que permitía aquel invierno. Lo que hago, lo hago a corazón abierto...

(besos, L y M de mis entretelas)
K