24 septiembre, 2009

El espejo sin imagen


Alguien
me dijo
que
me contaba su historia
y
no se asustó
al escuchar la mía.



Yo trato de comprender a la gente imaginando. Supongo que va algo más allá que el mero ponerme en su lugar, o quizá sea simplemente que me creo especial pensando que no sólo tengo lo que llaman empatía, sino que soy capaz de algo más. Tampoco es importante, porque a veces no tengo que imaginar nada. Simplemente reconocer.

No suelo buscar las historias. Ellas suelen venir a mí. Caminan hacia mí, porque las historias siempre son personas. Así llegó la suya. De pronto, me di cuenta de que no me hacía falta tanta imaginación para comprender lo que me contaba. Era como estar delante de un espejo que en lugar de devolverme imágenes, permaneciera en negro, mostrándome sólo unas pocas sensaciones. Sentí que eso era suficiente para seguir escuchando.

No fue imaginación. Fue reconocimiento de la parte que de mí había en ella, de la sensación de asfixia. Comenzamos hablando con temor y al final nos terminábamos las frases la una a la otra. Reconocer el ánimo del depresivo, las ganas de cantar solas, la admisión de que quizá nada sea demasiado fácil con un espíritu como el nuestro al lado. Sin sentirnos especiales, reivindicando nuestra posible desgracia, pero orgullosas. De alguna manera, orgullosas de ser inseguras, de mirarnos al espejo oscuro y no ver demasiado.

Las tripas. Las que nos hacen tomar decisiones. Las que nos han hecho darnos cuenta de que al final todo habría salido igual. Las que, cuando tenemos miedo, nos llevan por donde les da la gana. En el fondo, por donde nos da la gana.

De pronto, con reconocerse es suficiente. Con intuir los lazos, con vernos las ganas de foto, con cruzarnos de espaldas.

Es suficiente con que las historias de vida que me llegan caminando se desplieguen delante de mí, y como saben que simplemente estoy para contarlas, se marchan exactamente de la misma manera. Eres distinta, le digo, pero te entiendo.

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