05 agosto, 2009

Fe inquebrantable

Los niños pequeños suelen tener una fe inquebrantable en sus padres. Al menos cuando son pequeños. El padre y la madre son unas figuras revestidas de una especie de super-poderes mayores que los de Batman, Hellboy y Lobezno juntos.

El mejor ejemplo me lo dio mi sobri Tato cuando tenía poco más de dos años. Era un niño precioso, muy bueno, de esos que dice mi madre que son como la falsa monea porque se dejan coger por todo el mundo y casi nunca lloran. Era el primer bebé que había en mi familia desde hacía un millón de años (sin exagerar) y había verdaderas peleas por ver a quién se lo dejaban un ratito. La competencia era abierta, aunque tengo que reconocer que yo me llevaba la palma una buena cantidad de ocasiones, porque a Tato me parece que le caigo bien, más que nada porque desde bien pequeño quería que yo empujase se carrito... y en cuanto se echó a hablar lo pedía diciendo Kikaaaa solaaaaaaaa. Más claro, el agua.

Me interesa la fe de los niños porque yo me paso el día perdiendo la fe en catorce cosas y recobrándola en unas sí y en otras no.

La navidad después de que Tato cumpliera dos años, mi madre y yo decidimos llevarle a hacerse la típica foto con el tópico Rey Mago del ChoriCentroComercial (conocido por este apelativo por lo carísimo que es ese maldito sitio). Dimos la vueltecita de rigor y el niño empezó a pedir un bolo. Al principio no entendíamos lo que quería decir con esa lengüecilla de trapo, hasta que nos percatamos de que lo que quería era un globo.
- Mamá, seguro que quiere uno de gas, que son los que más molan - esto lo decía yo pensando que mi madre nunca quería comprarme uno, ni siquiera por hacer la gracia.

Con lo que me gustan.

El pobre seguía repitiendo lo de bolo, bolo, y nosotras no veíamos ningún vendedor en las proximidades. Ni en las lejanías. Que no había, vamos. Así que pensamos que a lo mejor se le olvidaría si le llevábamos a una tienda de juguetes a comprar un animal de plástico, que le encantaban. Tato recorrió la tienda entera y al final decidió lo que quería. Un caleidoscopio.

¿Para qué quiere un caleidoscopio un niño de dos años? Mi madre se lo compró y yo me dediqué a tratar de explicarle que si mirabas por el agujerito y dabas vueltas a una rueda, se veían colorines dentro. Él, evidentemente, no me hacía caso, y decía:
- Kika, abí, abí.

Yo no entendía nada. Hasta que me di cuenta de que lo que quería era abrir el invento.
- Tato, no se puede. No es para abrir, es para mirar.

Él insistía. De pronto vi que el caleidoscopio, que era azul, tenía unos dibujos de globos de colores. Entonces comprendí que él pensaba que los globos estaban dentro, y que el tubo de cartón era evidentemente una especie de paquete donde se guardaba lo que quería.
- Tato, no hay globos dentro. El caleidoscopio no se puede abrir.

Y él me demostró que a veces la vida es cuestión de fe:
- Mami pede. Mami sí pede.

Aún guardamos en casa la foto que se hizo nuestro sobri con el Rey Melchor del ChoriCentro. En una mano lleva unos caramelos que le dieron para que estuviera tranquilito, y en la otra, un caleidoscopio azul con globos de colores.

Más tarde nos damos cuenta de que los padres son de carne y hueso, como todo el mundo. Pero esta anécdota me sirve para recordar que, por muy normales que seamos todos al final, es suficiente con que alguien tenga fe en nosotros.

Eso nos hace grandes.


La foto... globos en la boda de mi amigo Chele, cortesía de Queens... si queréis recordar lo que pasó en aquel magno evento, recomiendo un clic aquí...

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