15 agosto, 2009

Aparcamientos

El Ayuntamiento de Madrid - digo ayuntamiento por no decir Alcalde, porque siempre me cago en el Alcalde - ha conseguido lo imposible. Complicar tanto la travesía Este-Oeste en la capital como para que un miércoles de agosto a las ocho y media de la tarde se tarde tanto en atravesar la ciudad como un lunes en hora punta. Son cosas que parecen imposibles, pero lo son. Yo vivo en la zona este (me ha parecido entender que el Panhispánico de dudas dice que aquí el punto cardinal va en minúscula) y casi siempre voy en coche. Quiero decir con esto que no me quejo de vicio por un itinerario o un medio de transporte que nunca utilizo. Los variados estrechamientos, obras y cortes de calles me complicaban mucho llegar a tiempo a la fiesta de cumpleaños de Nares.

Muchas de mis amigas cumplen años en verano. Yo cumplo años en verano, qué cuernos. Iba pensando esa chorrada para no acordarme de toda la parentela de quien haya decidido que lo mejor es cortar el puente de Eduardo Dato. O de quien ha pensado que la calle Serrano, una de las pocas por las que se puede circular bien en Madrid (debo decír podía) está mucho mejor reducida a tres carriles. Mientras, se han cargado una veintena de árboles - trabajo cerca y los tengo controlados, que no lo nieguen - y tuvieron que suspender las obras porque encontraron restos de la cerca (ellos dicen la muralla, pues vale, la muralla) frente al Museo Arqueológico. En mejor sitio no podía estar el murito, la verdad.

Estuve casi media hora buscando sitio para aparcar. Cuando casi había perdido la fe y conducía hacia el parking con un cabreo de los que hacen antología, veo un hueco. Mierda. Es justo delante de la casa del Chungo de Malasaña. Malo será que me lo encuentre ahora. Con las náuseas que llevo incorporadas, puedo vomitarle encima en lugar de saludar. Con justificación médica y todo. Espero que esté de vacaciones.

Y como la suerte es así de perra, según salía del coche con la bolsita de los regalos, el Chungo venía por la acera en dirección contraria. Colisión casi segura. Menos mal que él no llevaba gafas y sin ellas no ve ni un pijo. O eso o hizo que no me vio y se metió en el portal.

Yo hice que no le vi y atravesé la Plaza del Dos de Mayo. Dos argentinos (o uruguayos) decidieron en ese momento darme un buen chute de autoestima. Porque llegaba tarde, que si no les doy un beso en los morros.

Soy capaz.

Los que me conocen lo saben.

2 comentarios:

Deprisa dijo...

Soy de fuera de Madrid, pero voy con cierta frecuencia y he observado que cada año la cosa está más complicada y que cambian las direcciones de año en año (e incluso menos). Vamos, de locos.

kika... dijo...

Es terrorífico, de verdad...

besos
K