05 junio, 2009

No mires

A veces es mejor no mirar.

Recuerdo que hace unos años me iban a operar y el médico me habló de la posibilidad de hacerme una autotransfusión. La idea era sencilla: como mi operación estaba programada y seguro que iban a tener que ponerme sangre, podían extraérmela antes y así no gastaba lo que los generosos donantes habían dado para personas con contingencias inesperadas.

La cosa me pareció bien, un poco asquerosilla pero bien. Y se me olvidó que siempre me mareo cuando me pinchan. Desde que soy bien pequeña y mi madre me llevaba a hacerme análisis de sangre que recuerdo con sentimientos encontrados: el miedo al momento de la jeringuilla mezclado con la diversión de desayunar en un bar y llegar más tarde al colegio.

Siempre me ha encantado desayunar en los bares.

Al final dije que sí, que me autotransfundía, que venga. Y el día que estaba tumbada en la camilla, inocente de mí, pregunté:
- Esto es como un análisis, ¿verdad? Una aguja finilla, ¿no?

Y el médico - tuve el honor de que me pinchara el jefe del servicio - me dijo:
- Sí, sí. Pero no mires, ¿vale?

Y claro. ¿Qué hice yo? Pues mirar. Casi me da algo. Aquello no era una aguja... ¡era una tubería! Recompuse el gesto como pude y me dejé pinchar. Hasta firmé la bolsa con mi sangre, negra y caliente, cuando terminamos. Dando fe de que aquel líquido me pertenecía.

Es la única vez en mi vida en la que me han pinchado y no me he mareado. Y eso que lo he probado todo: no mirar, hacer técnicas de relajación, analizar que no me duele nada, que tampoco me da miedo, ir prevenida, ir a que me pinchen de sopetón...

Hace unos días fui a ponerme un montón de vacunas que necesito para un viaje. La señora me pinchó estupendamente - bueno, me hizo un moratón, pero en ese momento no me di cuenta - y cuando ya habíamos terminado, voy y me mareo. Con lo mal que queda. ¡Si a estas alturas debería ser una profesional de los pinchazos! Marearme me humilla, y entonces me pongo nerviosa y me mareo más.

Sin embargo, no es este un post hematológico, aunque pueda parecerlo.

A veces en la vida nos dicen que no hay que mirar. Y no obstante, nosotros miramos. Tenemos un reflejo manifiestamente contradictorio con la lógica, aunque sí que puede que sea un acto involuntario relacionado con la supervivencia. Como si no pudiéramos dejar que nada nos ocurra sin saber lo que es. El centro del cerebro se nos rebela e impide el factor sorpresa.

Lo que pasa es que normalmente miras y es peor.

Y eso no hace que miremos menos.



4 comentarios:

txilibrin dijo...

Siempre puedes mirar y no ver... Como tanta gente...

Un día te cuento mi anédota con las agujas, jajajajaaa, te vas a reir montones...

Mar (La vieja sirena) dijo...

La manera más fácil de conseguir que alguien mire algo es decirle que no lo haga.... la irresistible curiosidad, todos sabemos que mató al gato, pero no somos gatos ¿O si?

Muaaaaks

Jaco dijo...

Menos mal que no dejamos que nada nos ocurra sin saber lo que es. De otro modo no podremos repetirlo si es bueno o evitarlo si es malo.

Y hay muchas cosas que evitar... pero muchísimas más que repetir.

P.D: Yo nunca me maree con las agujas ni la sangre, pero las enfermeras que en el colegio me ponían las vacunas siempre me hicieron daño. Las odié durante toda mi infancia.

NáN dijo...

con mirar al abismo, basta. (no te vaya a devolver la mirada).