23 mayo, 2009

Pie a tierra



Pongo la boca sobre ti como quien echa pie a tierra después de un viaje en barco: sabiendo que eres el final del ahora y que dentro de poco estaré sola. Sola porque la sensación de que la tierra oscila igual que el mar enseguida habrá terminado y la novedad de la tierra firme se transformará en rutina. Debo aprovechar el momento en que el cuerpo, casi engañado, guarda el recuerdo del movimiento del agua igual que retiene la forma de otro cuerpo y también lo hace el colchón, díscolo y empeñado en marcar los huecos que tú rellenas solo, sin que nadie te lo pida.


Ni siquiera te lo pido yo, aunque antes haya pedido que me besaras y tú me hayas dicho que no. Que te franquee el paso al cuello. Me levanto el pelo, se me cae el tirante del hombro opuesto. En esta casa hace demasiado viento. Se me enmaraña el pelo. Se me enmarañan las maneras de mujer.


La merienda. Hay miel. De pronto, ya no sé quién es el plato de quién.


Esa manera de tocar como hojear en una librería de viejo, contradictoria: lenta, con ansiedad. Desnudarme sin quitar las medias de lana a medio muslo, a media voz.


Como en el mar, empieza la tormenta. El ruido sucio de los postigos mal cerrados abandonándose a la corriente de aire que remueve los papeles del escritorio y la ropa tendida. Me puede el instinto de suspirar, de atropellarme entre tu saliva y terminar entrecortada, revuelta, con las medias puestas, sorprendida de mí y quizá sorprendida de gustarte.


Quizá sorprendida de, a veces, buscarte.