27 abril, 2009

Una flor que agoniza sola


Hace tres semanas, o quizá más, me acerqué a un macizo de flores de los que hay por la calle. Entre los ciclámenes rosa fucsia sobresalían unos tulipanes blancos que comenzaban a estar ya un poco despeluchados, aunque mantenían una cierta dignidad. Era tarde, no había nadie, así que me acerqué y tronché el tallo con mucho cuidado. Y con mucha culpabilidad. Era como si escuchara a mi madre multiplicada por setecientos diciendo que el césped no se pisa y las flores no se rompen.


A mí siempre me han gustado las flores. De algunas me sé hasta el nombre científico. Casi todas me encantan menos los gladiolos, que me parecen de muerto. No he dejado ninguna instrucción sobre los acontecimientos posteriores a mi muerte, porque no quiero ser como algunas personas que siempre mencionaba mi profesor de Derecho Notarial: los hay que quieren mandar después de muertos. Lo que sí que he dicho es que me gustaría que hubiera un grupo de mariachis, como en el entierro de Espartaco Santoni, y que como alguien compre gladiolos soy capaz de resucitar para matarlo.


Rompí el tulipán, que ya no era blanco del todo sino que comenzaba a mostrar un tostado parduzco por el borde, y me marché como una botánica ladrona con demasiados remordimientos. La mirada de reprobación del Paseante no ayudó nada. Era de las del modelo mira tú qué lista, que ha robado un tulipán. Al minuto siguiente me sentí estúpida por haberlo hecho, aunque no lo tiré, y lo puse en un vaso de agua para que se la bebiera con el tallo gordo que tenía.


Ahí se quedó.


Hasta que la semana pasada, cuando pasé en el autobús camino del trabajo por el macizo de flores, vi que primero cortaron todos los tulipanes. Después arrancaron las hojas y los bulbos, para dejar sólo los ciclámenes. El viernes ya no quedaban las flores fucsia y esta mañana estaban siendo sustituidas por tagetes amarillas y petunias rojas.


Odio las petunias. Son unas flores farsantes.


Debí arrancar más tulipanes, porque dicen que dos flores en un jarrón duran el doble que una que agoniza sola.


6 comentarios:

Marian dijo...

Yo también odio las petunias... y los gladiolos.

Debiste arrancar más, claro.

besos!!

(ytengounaorquídeaapuntodeflorecer)

Nares Montero dijo...

El tulipán es mi flor favorita.
Aun guardo los pétalos secos en libros y cuadernos. Esos que por arrancados, robados o regalados los 14 de febrero ya no volverán, pero aun quedan.

Me gusta sentirte un poco furtiva a pesar de las miradas reprobatorias o precisamente por ellas.

Bs.
N.

cerillas Garibaldi dijo...

A mi me gustan mucho menos las dalias, me parecen mucho más de muertos.

Peonías y camelias son las mías....

Microalgo dijo...

A mí las madreselvas. Pequeñitas y sin olor escadaloso.

kika... dijo...

bellaMarian... pues sí, y hasta debí robar los bulbos. No sé, deben de gastarse un dineral en este tipo de decoración floral... ¿no podrían poner flores que duraran un poco más? Si vieras los ciclámenes arrancados, daban una pena...

nares... precisamente por ellas. He dicho.

;)

bob... me encantan las peonías y las camelias, y muchos tipos de dalia también, excepción hecha de los cristantemos, que sí, son feos y de muerto. Pero los tengo discupados porque son de las pocas flores que florecen en invierno...

señor microalgo... y además se puede beber su néctar. Delicioso.

besos y magia a todos!
K

kika... dijo...

y bob, gracias por lo que me dices del header... como le he dicho a jaco, siempre espero vuestras opiniones...

más besos,
K