29 marzo, 2009

Los errores de nuestros padres

Leo que Nicholas Hughes, uno de los dos hijos que tuvo Sylvia Plath con Ted Hughes, se ha suicidado esta misma semana. Cada uno de los artículos que habla del tema recuerda que Nicholas era un bebé de algo más de un año cuando su propia madre se suicidó, dejándoles el desayuno preparado.


Todos los artículos cuentan también la historia entreverada de muerte familiar que rodeó a Hughes padre: tras abandonar a Sylvia por Assia Wevill, la segunda también se suicidó, llevándose por delante a su hija de apenas cuatro años en el proceso.


Es inevitable pensar cuál fue la influencia de esa vida – y de esas muertes – sobre Nicholas. Cómo afectaron las decisiones de su entorno más inmediato a su manera de plantearse la existencia. Por qué decidió suicidarse casi exactamente cuarenta y seis años después de que lo hiciera su madre.


Me pregunto cuántos hijos van (o vamos, por qué no) por el mundo tratando de enmendar con su vida los errores de sus padres. Sin pretender dar una explicación psicológica, supongo que todos nos debemos a lo que tenemos más cerca: o nuestros progenitores quedan como modelo de actuación – muchas veces esto ocurre sin que nos demos cuenta – o bien nos rebelamos contra lo que hicieron.


En ese intento, y no creo que haya nadie libre de él, podemos llegar a rechazar tanto lo vivido por ellos que tratamos de no repetir sus conductas o lo que juzgamos como errores. Hace muy poco, alguien me explicaba así una cosa que encontraba difícil de comprender de otra manera. Yo le decía que entendía perfectamente lo que había hecho solamente pensando que quien actuaba en realidad no era él. Como si su personalidad hubiese sido suplantada por los mecanismos de un atávico sentimiento de culpa, metido quizá en lo más profundo del cerebro, donde hace poco se ha descubierto que nuestra mente guarda el mapa del yo.


En el fondo la enmienda de los actos de nuestros padres puede ser una ley de vida. Lo que ocurre es que la solución puede ser simplemente cosmética y terminamos por repetir exactamente no aquello que rechazábamos en primer lugar y era evidente, sino lo que subyacía y está latiendo por nuestras venas sin que nos demos cuenta.


Entonces podemos llegar a despertarnos un día, mirarnos a un espejo y no reconocernos.


Cuando eso le ocurre a alguien a quien quieres, te conviertes en parte de ese proceso despersonalizador. De esa espiral de borrones y cuentas nuevas que no eran tu guerra y que no deberían haber sido la suya.


Decía Ted Hughes – cuya poesía me encanta igual que la de la propia Sylvia – que los poemas de su esposa eran como un oscuro centro de ciudad. Y que a veces se sorprendía a sí mismo conduciendo despacio, atravesando su propia oscuridad, reflexionando sobre lo que ella hacía. Y que en cada cruce se la encontraba mirando hacia arriba, perdida, con sesenta años.


Así era Sylvia en edición facsímil, supongo. Lo que pasa es que yo ya no tengo ese libro, y ni siquiera sé si sirve para recordar cómo somos cuando quedamos libres de los errores de nuestros padres.


Si ello es posible, claro.


2 comentarios:

NáN dijo...

Me impresiona la noticia y cómo la cuentas.
"atravesando su propia oscuridad".

A veces vivir con conciencia es tan doloroso.

Gracias, Kika.

kika... dijo...

En efecto. La conciencia, que es algo que hace que no vivamos a medias, tiene la tendencia a complicar las cosas. Es curioso como algo que en teoría está ahí para indicar el camino, para decir qué es lo bueno y qué es lo malo, nos produzca tanta incertidumbre. Quizá sea porque lo bueno y lo malo no son términos tan absolutos. O puede que sea porque lo que han hecho nuestros padres no sea el modelo de lo uno, ni lo contrario de lo otro.

La verdad es que no lo sé. Y la noticia me tiene en estado de shock. La encontré por casualidad y me puse a pensar.

Así que como me das las gracias, yo te digo de nada, NáN, pero eso suena hueco comparado con el abrazo que tengo previsto darte en la presentación del libro de Carmen...

Vas ¿no?

besos y magia,
K