19 marzo, 2009

Las murallas de Tombuctú

Era raro que yo decidiera cruzar el desierto. No llevaba cantimplora ni brújula. Lo peor de todo era que ni siquiera sabía qué esperaba al final.


Yo no camino, paseo.


Pero el desierto es muy mal lugar para caminar sin una dirección concreta. Calor extremo durante el día y frío intenso por la noche que te obligan a ir en bikini y chanclas de dedo mientras sujetas el abrigo en la mano. Sin tener donde dejarlo, como en los bares atestados que trato de evitar las vísperas de fiesta.


No sólo es atravesar las dunas. Es fundamental que al flirtear con la arena, vayas por un desierto que le pertenezca a alguien que por lo menos te siga el rollo, si es que no lo ha iniciado.


Se trata de ver si el dueño del hostil ecosistema te da agua o te tira polvorones.


A mí me tocó el desierto del Paradito. Era un desierto raro, lleno de señales mezcladas. Ahora sí, luego no, por aquí no es, cuidado que te pierdes, pero de qué va esto… Lo raro no era la confusión. Lo raro era el orden de las señales. O el desorden, más concretamente.


Ya dije ayer que su laconismo, verdadero o pose, me complicaba sobremanera la travesía.


Además, si hay que llegar a Tombuctú, me lo tomo en serio, más que nada porque el Paradito y yo no nos vemos tantas veces y hay que tratar de cubrir la mayor cantidad de terreno posible.


Menos mal que tengo un buen equipo: Queens hacía el trabajo conocido como la cobertura de la fea, que no tiene nada que ver con ser más o menos agraciada, sino que es la absorción de todas las conversaciones circundantes a Tombuctú para que yo pudiera seguir atravesando el desierto con toda tranquilidad.


Después de horas de arduo trabajo – llegada a este punto, sé perfectamente que Yeimi diría que soy una impaciente, aunque me daría razón en lo de arduo – arribé por fin a las murallas de Tombuctú. Claro que en esa etapa del viaje hay que darse cuenta de una cosa fundamental: ¿están abiertas las puertas y bajado el puente levadizo? Es el momento crucial en el que el árbol no debe impedir ver el bosque: hay que decirse una y mil veces que lo que tienes a la vista no es la famosa ciudad, sino los muros que la circundan…


El caso es que el Paradito me contó su vida, o al menos una parte. Pasó de pocas palabras a parecer que hubiera cenado lengua. Señales mezcladas de nuevo, supongo. Lo que pasa es que a esas alturas ya me sentía como mi amiga Henar en el famoso incidente de la anchoa: no sabía qué pasaba. O bien me estaba contando todo para que saliera corriendo – casi lo consigue – o quería que le escucharan. O simplemente hablar. Me da a mí que era lo último.


Ahora, el Paradito es verdaderamente interesante. Dibuja muy bien, es guapito de cara y me parto de risa con las cosas que cuenta. Una no llega a Tombuctú para nada, supongo.


Me sorprendí pensando algo así como: no sé si caerán las murallas, pero literariamente este tipo es petróleo puro.


Petróleo. Quién lo diría. Justamente al ladito de Tombuctú.


Claro que la elección de la banda sonora del post de ayer no era inocente.



[sonrisilla irónica, para hacer juego con la suya, más que nada]



... aquí podéis leer las cosas del amor que no entiendo... por mucho tiempo que pase... porque normalmente me río tanto de estas cosas como el otro día con el Paradito...


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