20 marzo, 2009

La noche en la que casi volví a casa


Sentí que algo conocido se había metido dentro de lo desconocido,

había llegado al fin de algún sitio.

Tuve un pálpito, fue el primero de muchos.

Ana (Najwa Nimri) en Los amantes del Círculo Polar



Según parece, no tengo aún cubierto el cupo de noches surrealistas.


El escenario es sencillo. Fiesta de cumpleaños en casa del Vecino del Chinito. El Vecino me cae fenomenal: tiene un punto tierno y muy agradable, un habla llena de localismos descacharrantes y un piso hospitalario donde los haya. Con decir que allí los vasos de copa se llaman macetas... (son de cristal, nada de cutreces de plástico, lo digo para los que sean del sur y hayan asimilado maceta con lo que aquí llamamos un mini).


El plan también era fácil. Para poder beber sin temor a controles de alcoholemia, me quedaba en casa del Chinito, más conocida como la mansión chinitil. Es un piso de esos tan grandes que es complicado encontrarte con alguien que sabes que vive allí. Qué diver. Fiesta de pijamas. Bueno, no, que mis pijamas son conocidos en el mundo mundial por la cantidad de dibujitos y colorines que llevan. Dice mi madre que estoy muy graciosa con ellos. No he dicho mona, no he dicho sexy, no he dicho ni siquiera bien. He dicho graciosa. Puffff.


El caso es que me fui a la fiesta de las macetas, como dice el Vecino, y me lo pasé de vicio. Yeimi estaba inspiradísimo, tanto que cuando decidió que iba a marcharse organizó una performance en el ascensor digna del mejor Almodóvar. Al minuto siguiente, pensó que se quedaba. Y menos mal que se quedó.


Terminamos la noche en un local atestado como hacía tiempo que no recordaba. Es lo que tiene el mundo cantautoril, que no se caracteriza precisamente – y menos mal – por frecuentar locales pijillos llenos de gente que te da codazos, amenazando constantemente con tirarte encima copas que cuestan cantidades obscenas de dinero. Puestos a pagar eso, prefiero el Toni2, escenario de mi cumpleaños de este año. No creo que haya mucha gente que pueda decir que el último piano-bar en pleno o que se ha besado apasionadamente apoyada en la barra-piano del local, y eso me gusta.


De pronto, en pleno localpijillo, el Chinito desapareció. Yeimi me dijo que se había ido a pedir una copa, pero tardaba, así que pensé que se habría encontrado con alguien. ¿Y ahora yo qué hago? La pregunta era totalmente pertinente porque la decisión de avisar en mi casa que no se va a dormir es casi irreversible: mi madre atranca la puerta y ya sólo se puede entrar si te abren desde dentro.


Estaba jodida. Más bien en algún lugar entre jodida y realmente jodida.


Valoré dormir en el coche. Valoré no dormir. Ya no sé ni lo que valoré.


El Chinito volvió. Es demasiado decente como para faltar a un compromiso y dejarme sola. Pero claro, ¿y si le había surgido un plan? No iba yo a fastidiárselo, por mucho que insistiera. Tenía que liberarle de mi presencia de una manera rápida, al fin y al cabo somos amigos y hay que tener sensibilidad para estas cosas.


En ese momento, aparece el héroe de la noche. Mi Yeimi.


- Vente a dormir a mi casa, guapa.


Lo que pasa es que la casa de Yeimi (ver el relato en dos posts: Dos que duermen en el mismo colchónse vuelven de la misma condición) es la ex-casa del Paseante. De pronto, me di cuenta de que iba a dormir por primera vez con otra persona en la misma cama (que no en el mismo colchón, como quedó claro en ese mismo relato).


No me vine abajo sólo porque quiero mucho a Yeimi.


- Mañana me voy de viaje muy prontito, pero no te preocupes, Kika. Te dejo las llaves y te despiertas cuando te dé la gana.


Me despertaría sola. Y no sé si en el fondo quería que fuera así, porque me tomé la pastilla de la alergia nada más atravesar la puerta del piso de Yeimi para dormirme como una piedra y no enterarme de nada.


Dormí en el lado de la cama que ocupara el Paseante y me desperté sola, efectivamente, porque Yeimi ya se había marchado.


Exactamente como quizá quería que ocurriera.


El barrio entero parecía estar en silencio, lejos del bullicio. Madrid entero en silencio. El silencio del mundo me pesaba al mirar por la ventana.


En la antigua habitación del Paseante, que antes tenía las paredes totalmente desnudas, ahora cuelga el cartel de Los amantes del Círculo Polar. Ana y Otto, con sus nombres de palíndromo. Najwa y su cara de enamorada. Fele con los ojos cerrados. Yo, que he pisado el Círculo Polar – el de verdad y quizá también el metafórico – me sentí identificada con la fotografía. Me pareció que trataba de decirme algo sobre mí.


Me vestí, me puse el turbante que le gusta a Yeimi, hice la cama con muchísimo cuidado, recorrí la casa en soledad una vez más, cerré la puerta y bajé las escaleras. Atravesé el patio y salí a la calle.


El silencio permanecía.


El dolor, no tanto.


Sólo queda la pena, supongo.


4 comentarios:

Eva dijo...

http://www.goear.com/listen/d07a246/Precious-Depeche-Mode

(Siempre me gustó ponerle bso a tus post)

Y besos!

kika... dijo...

guau, eva, muchas gracias!!! le va como anillo al dedo (no te lo vas a creer, pero escribí este post con una canción de depeche mode en mente, o en modo repeat, que para el caso es lo mismo...)

besos, besos, besos
(y magia)
K

ETDN dijo...

Insisto, Kika. Estás especialmente inspirada.

(estoy leyendo tus posts de arriba abajo, o sea,de más reciente a más antiguo, y me gusta mucho mucho lo que transmites. Algo está cambiando en ti y al menos literariamente está siendo para bien)

Admiro tu capacidad para escribir uno o dos posts al día. Y me da rabia no poder seguirte al día... me da la impresión de que mis comentarios quedan obsoletos cuando los hago...

bss

kika... dijo...

(de obsoletos, nada)

y me encanta que me leas en este orden, porque al final es tan válido como cualquier otro...

besos y magia,
K