27 febrero, 2009

A mí hay que conocerme

Hay noches como la de ayer en las que no me importa que quien me vea saque conclusiones equivocadas. ElAmericano decía el otro día que a mí había que conocerme. No sé exactamente qué era lo que quería decir, pero me da que por ahí van las tiros.


Cuando era pequeña, pasaba bastante tiempo tratando de descifrar qué era lo que a los demás les pasaba por la cabeza acerca de mí. Creo que comencé a hacerme ese tipo de planteamientos cuando a la tierna edad de doce años, me contaron que una amiga mía me ponía pingando a mis espaldas… y yo llevaba toda la vida pensando que era eso precisamente. Amiga mía.


Siempre me pareció curioso que mientras que los niños – con doce años yo era una niña, no había salido de mi cascarita, como aquel que dice – son capaces de comprender perfectamente que hay cosas que no son lo que parecen. De hecho, les encanta lo sorprendente, lo parcialmente oculto, lo que deja, en un momento dado, de seguir las reglas no escritas del mundo. Sin embargo, aceptan mal que se le engañe. Los habrá que me digan que nadie acepta bien que se le engañe, pero no sé si estoy de acuerdo. A medida que avanzamos por la vida, adquirimos la posibilidad, aunque sea teórica, de comprender por qué se nos miente. Incluso podemos terminar por ser capaces de entender que se nos engañe, de preferir no saber, de no ver lo que no queremos ver y saber que lo estamos haciendo.


Aunque dé miedo, a veces así somos más felices.


Ahora que lo pienso, en mi caso lo malo no es saberme engañada. Supongo que es más bien sentirme estúpida. Si algo recuerdo del momento en el que me dijeron que quien pensaba que era mi amiga en realidad no me soportaba, fue el intenso sentimiento de vergüenza por no haberme dado cuenta.


Decía al principio – perdón por la digresión – que cualquiera que me hubiera visto ayer habría extraído conclusiones equivocadas. Como aquella vez que fui a cenar con Queens a un restaurante y nos lo encontramos lleno de parejitas que eran circundadas por un violinista bastante pesado que tocaba una música romanticorra de quinta categoría y que, naturalmente, pensó que nosotras éramos pareja. Nos miraba con una cara… y nosotras decidimos cogernos de la mano y decir que éramos pareja de hecho. Que sí, que nos encanta la noche romántica.


Me imagino que en el fondo soy como los niños: me gusta todo lo que no es lo que parece. Pero cuando alguien tuerce las reglas no escritas de lo sorprendente, cuando me hacen trampas, cuando me siento engañada, cuando la gente salta a conclusiones sin pararse a ver lo que hay detrás, me entristezco.


Y no estoy yo para entristecerme.


3 comentarios:

Amfortas dijo...

Sería necesario imponer esta regla: no repetir jamás una afirmación malévola sin verificar su contenido. Aunque es cierto que así nunca se hablaría de nada.
André Maurois
Ilustre kika, be happy.
me encanta este espacio...lo sabes

Aguantando Mecha dijo...

Pues para que no te entristezcas, canciones eternas para bailar:

http://www.youtube.com/watch?v=l1e9YRXMrTQ

Hablar contigo me hace muy feliz.
Besos, Bob

kika... dijo...

Amfortas... muchas, muchas gracias... y el otro día mi amiga Queens dio con la clave: no es igual hablar mal de alguien desde el cariño que hablar mal de alguien a secas.
(toma ya)

Bob... no, si no me entristezco... pero gracias por la canción de todas maneras, ya sabes que me gustaaan muchooo... besos, Suze!

besos a los dos!
K