22 febrero, 2009

Justos de las Naciones

Hace más de diez años participé en un encuentro internacional de jóvenes en el que simulábamos el funcionamiento del Parlamento Europeo. Estas iniciativas son bastante habituales en el resto de Europa así como en América del Norte, pero en España eran totalmente inusuales. Los que formamos parte de aquella experiencia fuimos los pioneros: yo abrí el fuego en la segunda delegación española, y la hermaníssima fue también una destacada participante.

Una de las sesiones tuvo lugar en la ciudad italiana de Carpi. Yo era presidenta de una comisión y vicepresidenta de la Asamblea General, y el alcalde de la ciudad nos requirió a mí, al presidente de la Asamblea y a otra presidenta de comisión para realizar un acto protocolario, concretamente una ofrenda floral, que no es otra cosa que depositar un ramo a los pies de un monumento o entregárselo a alguna personalidad de la ciudad. En Europa las cosas de la participación juvenil son bastante importantes - al contrario que en España, todo sea dicho de paso - así que es bastante normal que las autoridades locales estén orgullosas de que nos reunamos en sus ciudades y pidan este tipo de cosas.

Allá nos fuimos con el ramo, que por cierto era enorme y llevaba unas cintas en las que rezaba De los jóvenes de Europa. Cuando llegamos, me quedé estupefacta. El monumento, recién inaugurado, al pie del cual había que dejar las flores era un conjunto de dieciséis estelas con los nombres de los campos de exterminio nazi.

En ese momento, el alcalde de la ciudad me explicó que en Carpi hubo un campo de tránsito en el que se reunían las personas que posteriormente eran deportadas hacia la muerte. Me pareció increíble. No lo esperaba en absoluto, no he vivido una guerra, no entiendo la barbarie, no puedo comprender que alguien haya podido planificar el exterminio de un grupo humano. Ni antes ni hoy.

Fue uno de esos momentos en los que la vida te pone al borde de una especie de abismo histórico del que salen todos los demonios humanos. Me dio miedo, tristeza, me congeló una cierta mueca de miedo en la cara. No me asusta confesar que me produjo una cierta vergüenza como ser humano.

Qué poco humanas podemos llegar a ser las personas. Y digo podemos - en primera del plural - porque tuve la sensación incómoda de que algo así podría estar dentro de cualquiera.

De cualquiera, pero no de todos.

Ahora sé que hubo diplomáticos españoles que ante el Holocausto salvaron a miles de judíos. Entre ellos se cuentan cuatro que han obtenido el título de Justos entre las naciones. Aún quedan historias sin reconocer, como la de Bernardo Rolland de Miota, que se jugó su carrera en la diplomacia al conceder visados que el gobierno español de la época había denegado. Decía que se jugó la carrera, pero es que además la perdió, ya que fue cesado de manera fulminante de su puesto en la Embajada en París y enviado al Consulado de Larache.

Personas así salvan a la Humanidad, y lo mejor de todo es que ni ellos ni el mundo se dan cuenta. No sé si así debe ser, pero así es.

Yo no hice ninguna heroicidad. Simplemente tomé el ramo de flores, lo deposité ante la estela en la que ponía Chelmno (creo que también ponía Bergen-Belsen, pero no estoy segura), me hice la foto para el periódico con mis compañeros, el alcalde y el director del Museo del Deportado de Carpi y volví al trabajo en mi comisión.

Pero nunca he olvidado ese momento.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Tres días sin escribir. Algunos estábamos ya nerviosos!

No obstante, el precio es irrisorio. Es un lujo vivir de tus palabras y ver a través de tus ojos lo que muchas veces llamas "el sufrimiento humano".

Y no, nunca son chorradas. Es más, creo que este post no debería estar en la categoría de "diplomacia barata". Dices que nunca has olvidado ese momento. Creo que nosotros tampoco lo haremos.

Gracias, darling.

PS: Ánimo con todo.

kika... dijo...

muchas gracias por tus palabras...

he tenido un fin de semana muy atareado, pero ya he vuelto. y con muchas cosas que contar...

(espero, de hecho, que haya tiempo para contarlas)

besos
y magia,
K