23 febrero, 2009

Ibuprofeno



Todas las mañanas, que con él empezaban a las tres de la tarde, le decía que estaba muy mal: tengo resaca, me duele la cabeza, no puedo moverme, pásame el agua.


Ella alargaba el brazo hasta la mesilla, cuidando de no tirar nada, para darle el vaso de agua que previsoramente había dejado al lado de la lámpara. ¿Puedes ponerte en posición vertical? Si no eres capaz, me muevo yo.


Ella contesta que claro que puede. Hay ibuprofeno en el baño, ¿me lo acercas?, pide él.


Ella se pone en pie, despreocupada por vestirse, se aparta el pelo de la cara. Él le repasa el cuerpo con afán escolar y una cierta sensación de triunfo. Tiene la piel ahíta de sus manos, de su boca, y él lo sabe. Quiere ver cómo ella se tiñe de escarabajos de sol que se filtran por la ventana. No es lo mismo mirarla por la noche que la desnudez de las mañanas, porque a ella por la noche nunca se le tiene del todo, pero en este minuto es sólo suya.


Clic de la luz del cuarto de baño, ella vuelve y él mira.


En realidad no necesitaba el ibuprofeno, era sólo por verte ir.


Ella sonríe como si no lo supiera.


4 comentarios:

Mar (La vieja sirena) dijo...

Bonita historia...

Besos

txilibrin dijo...

Mejor que entre luz por la ventana y te digan que entonces no pueden dejar de mirarte.

MUA

NáN dijo...

¡Qué tramposo!
(pero la vida no es para vivirla con remilgos)

kika... dijo...

mar... gracias...

txilibrin... él decía grandes cosas...

NáN... tramposo, pero encantador...
(y además ella caía siempre)

besos y magia,
K