25 diciembre, 2008

Kika, tenemos que salir más a pasear



Ya sé que ayer prometí una horripilante e incluso sacrílega historia acaecida en la Misa del Gallo.


Pero esta mañana me he despertado más o menos pronto y mi madre me ha propuesto ir a dar una vuelta por el centro. Es una costumbre que tenemos porque ella casi nunca trasnocha, y yo trasnocho casi siempre, pero nunca la Nochebuena ni la Nochevieja. Esos días me despierto pronto y disfruto mirando las tiendas cerradas, las calles desiertas, casi abandonadas.


No hay acuerdo. Mi madre dice que Madrid es una mujer, que es chica, como diría LuLi, y yo no lo tengo tan claro.



Madrid esta mañana era un infartado a la espera de su electroshock.


Tenemos tiempo porque la corriente eléctrica no inundará su corazón hasta la primera hora de la tarde.


No me pesan los pies, llevamos dos horas caminando y la ciudad es toda nuestra. Vacía, me pertenece más que nunca. Mi madre hace preguntas acerca del amor eterno, mejor dicho, hace una sola pregunta. Contesto que soy una ácrata de bajo consumo, y que claro que la seguiré queriendo. Tenemos que salir más a pasear, dice. Es que yo paseo mucho, eres tú la que no hace intención, contesto mientras saco una foto.


Me importa tres huevos que sea Navidad. Lo que me importa de verdad es poder caminar así.


Claro que después me acordé… de él.


De mi mitad esencialmente peripatética.


No era mi mitad.


Ahora sé que quizá era mi doble.


1 comentario:

Trovador errante dijo...

Claro que pasarán los días grises, más allá del papel y de las palabras.

Marc pasea mucho por Barcelona. Yo también lo haría en la ciudad. Lo hago cuando puedo y no hace demasiado frío.

Acá y ahora prefiero correr por los montes o pasear por la playa en invierno. Al final me tendré que agenciar un chucho.

Con Lassie, Teddy y Luna hemos dado largos paseos por el monte y especialmente por la playa. Luna fue por dos años fiel compañera de carreras.

Me alegro que tengas claro que no era tu mitad.

No creo en las mitades ni en los dobles.

Creo en que dos personas se entiendan y se hagan bien mutuamente. Y en que se conozcan el lado oscuro y los malos ratos.

No, tampoco era ni mi mitad, ni me entendía, ni me quería entender.

Y jamás se le ocurriría escribirme nada en la piel.