12 noviembre, 2008

Kika House Blend


El problema del té es que al principio era una buena bebida, así que un grupo de eminentes científicos ingleses se pusieron a pensar y realizaron complicados experimentos biológicos para encontrar una manera de estropearlo.

George Mikes, en su libro How To Be An Alien (Cómo ser extranjero)



Soy muy aficionada a las infusiones, lo que junto con eso de que hago yoga y mi creencia (sí, sí, creencia, digo bien) en la aromaterapia me valió el apodo de La hierbas. Me lo puso Dominique de Villepoint, que sólo puede competir con la hermaníssima a la hora de acristianar al personal con apodos ingeniosos. Tengo que reconocer que me encanta el nombrecito.


Eso se une a que en mi casa apenas se bebe café. Somos bebedoras impenitentes de té, y cuando digo impenitentes, lo digo con todas las consecuencias, aunque cada una con sus manías. Mi madre se sitúa en el lado talibánico del té. Nada de tés de sabores, nada de limón, nada de azúcar, porque eso son blasfemias. Té English Breakfast con leche fría. Y no vale cualquier English Breakfast: sólo una marca concreta que compra en el Reino Unido. Nadie que vaya a Gran Bretaña se libra de traerle té a mi madre.


Ella aborrece también los tés chinos (por norma), el té verde (qué asco, dice), los tés de flores (repugnantes), el té moruno (seguro que no lavaron la hierbabuena) y el té rojo (sabe a barro). Sólo puede soportar un Earl Grey, quizá un Darjeeling que no sea demasiado suave… en fin, que no hay paladar más discriminante en este tema del té.


Yo soy todo lo contrario. Me gusta el té de sabores, el de flores (especialmente las perlas de jazmín), hasta el verde me gusta. Se me cayó el mundo encima el día que me prescribieron una dieta draconiana en la que, amén de otras cosas, estaba prohibido el té. Me sentí como al niño pequeño al que le quitan el chupete. De verdad. Aunque me sirvió para replantearme un poco mis hábitos teísticos, que eran un poco exagerados, porque me bebía más de un litro al día, y los excesos no son buenos.


Cuando bebes tanto té, necesitas tener un buen sitio donde comprarlo. Yo voy a varias tiendas, pero tengo dos favoritas en las que siempre me pasan cosas divertidas.


La de Laura es una de ellas.


Laura tiene un puesto de té en un mercado del centro. Siempre va vestida de negro y le rodea el color azul: pelo azul, uñas pintadas de azul, latas azules donde guarda el té. Letrero azul anunciando el negocio. Las conversaciones de un lado a otro del mostrador son interesantísimas, porque todo se cruza. Igual te la encuentras hablando con un argentino que responde al nombre de El Boludo (desde el cariño, Kika, ¿eh?), que ofreciéndole a un amigo pasearle al perro, que llevándole las ausencias a todos los tenderos del mercado. Me encanta.


Y además, la mayor parte de las mezclas (o blends, que así se llaman) se las ha inventado ella. Tiene un té de la casa con caramelos de violeta, que le encantaría a Lady K, además de siete mil tipos de infusiones. Está totalmente prohibido ir con una idea preconcebida, porque es posible que la variedad que te llevaste el mes pasado esté agotada y tengas que hacerte con otra.


Tanto tipo de té provoca un desafío añadido. Y ese es el que me dio un momento muy divertido el lunes. Hay que ponerles nombre, y nombres bonitos, que inviten a la gente a comprar. Eso es complicado. Laura, que sabe que escribo, me suele preguntar qué me parecen sus últimas invenciones.


- Mira, Kika, este se llama Atardecer en Sabana. ¿Qué me dices? Es que no le he puesto atardecer en LA sabana porque me recordaba a siesta de verano, como a sábanas…

- Pues a mí me gusta, y creo que no se me da mal poner títulos, así que…


De ahí siempre nace un debate sobre lo bonitos o feos que son los nombres de los tés, que es una cosa que me encanta. Me lo paso de muerte.


Y lo mejor fue lo que me dijo cuando ya me iba.


- Me caes bien, Kika.

- Y tú a mí, Laura.

- Ya sé que te apetecerá mucho más ganar el Nobel de Literatura, pero… cualquier día te hago un té. Le ponemos nombre juntas, ¿vale?

- Laura...

- ¿Qué?

- Que el Nobel no lo voy a ganar, y además… me hace mucha más ilusión tener un té con mi nombre. Mucha más.



El cuadro… Afternoon Tea, de Mary Cassatt…


6 comentarios:

Oihana dijo...

En mi casa siempre se bebió té por las noches. Por las mañanas el café era sagrado. Mis padres tomaban té inglés, siempre. Los años y las circunstancias de la vida dejaron un poco de lado esta costumbre. Luego entraron en casa el té verde, por eso de que empezamos a conocer la cultura japonesa y eso.
Pero mi descubrimiento por excelencia de los últimos años ha sido el té de cebada, frío en verano. ¿Lo has probado? Pues te lo recomiendo con un par de hielos y un poquito de azúcar. Si lo haces ya me dirás.
Besitos bonita, me encanta leerte.

Queens dijo...

Me han entrado ganas de ir y de tomarme un te, ummm que bueno.

Besos

Q

Kika... dijo...

Oihana... té de cebada? Podré encontrarlo en Madrid? El nombre me reucerda al agua de cebada, que es un refresco veraniego rico, rico pero que ya casi no lo hacen en ninguna parte...

Queens... y tengo que contar la historia de la taza que me regalaste... yo te invito a té cuando quieras, ya lo sabes...

besos a las dos,
K

NáN dijo...

Cuando esté el Té Kika, da las señas para que vayamos a comprarlo.

Kika... dijo...

NáN... te regalaré una bolsa para ti solito...

muchos besos
K

English breakfast dijo...

A mí me pasa como a tu madre, que soy un poquito "vehemente" con el English Breakfast, el darjeeling y los tés negros en general. Mi mujer, con eso de que vende cien mil tés (o así), me va introduciendo en aromas y combinaciones. He descubierto que me encanta el té rojo, por ejemplo...
Pero en una cosa estoy en desacuerdo contigo: "la hierbas" es mi mujer :)